Aquella mañana cuando salió de su casa, agradeció que el ascensor no estuviese ocupado y que en el garaje ningún vecino le obstaculizase la salida. Al perecer, había salido en el momento idóneo. Ojalá las cosas fuesen siempre así, pensó. La calima se había confabulado con la lluvia para pintar de color albero aceras, parques y edificios. De modo que, mientras conducía, tuvo la sensación de que atravesaba el desierto de una ciudad deshabitada, situada en un futuro postnuclear. Pensando esto, se dio cuenta de que ya había llegado a su trabajo, donde una plaza de aparcamiento vacía la esperaba. Redujo a tercera, segunda, primera y a continuación, puso la marcha atrás. El volante se deslizó bajo sus manos como la seda y las ruedas del coche dibujaron una “S” perfecta, momento en que su canción favorita emitía sus últimos acordes en la radio.
Al apearse del vehículo, observó con deleite cómo entre ambos laterales y las líneas del suelo, existía la misma distancia. En la escalinata, un servicial vigilante de seguridad se ofreció para llevarle el maletín y de paso, abrirle y sujetarle la puerta. Al entrar en el ascensor, pareció leerle el pensamiento, retirándose y dejándola sola frente al espejo, donde comprobó que estaba especialmente radiante. El maquillaje se había fundido con su piel en un ivory impecable y el colorete hacía que sus pómulos refulgiesen jugosos e irresistibles. No necesitó retocarse los labios, pues éstos eran los mismos que mordieron la manzana del Paraíso.
Al entrar en su oficina, todos la recibieron con una cálida sonrisa, incluido su jefe, que con un afable “buenos días”, le retiró el abrigo, invitándola a su despacho, donde la esperaba un humeante starbuck de su cappuccino favorito. Al tomar asiento, le comunicó que había decidido subirle el sueldo y concederle los viernes como días libres, para que su descanso fuese más largo y reparador, ya que estaba realmente contento con el trabajo que realizaba y muy agradecido por su esfuerzo.
Al salir del despacho, la interceptó Rodrigo, el delegado de compras por el que suspiraban todas las trabajadoras de la empresa. Éste desplegó su sonrisa triangular para hacerle una velada proposición. Estaba impresionado por sus aportaciones a la empresa y deseaba charlar esa misma noche con ella sobre posibles proyectos futuros, en la cervecería donde ponían las cañas más heladas de la ciudad y las tapas más abundantes y exquisitas.
La jornada no pudo transcurrir de manera más amena. Esa mañana no tuvo que gestionar ninguna incidencia, ni vérselas con ningún cliente pesado al otro lado del teléfono. En cambio, cerró un par de jugosos contratos y, en tiempo récord, un presupuesto que normalmente solía tomarle semanas. Fue cerrar el ordenador y recibir una llamada del spa más famoso de su localidad, comunicándole que por participar en no sé qué sorteo, había ganado el primer premio: una sesión Diamond Experience, que incluía masaje a cuatro manos, baño de pétalos, exfoliación con frutas de las Maldivas y el tratamiento más novedoso y exclusivo, una limpieza facial con 'punta de diamante', al parecer, el secreto de belleza de Cleopatra.
Y en menos que canta un gallo allí estaba, en la gloria. No en el spa, sino en su cervecería favorita, con un vestido cóctel azul klein, sus estiletos preferidos y un rouge-à-lèvres frambuesa, reinando, dominando la situación y con Rodrigo rendido a sus pies, clavando sus apasionados ojos verde manzana en los suyos. Sobre la mesa no tardaron en poner dos jarras de cerveza escarchadas, un platillo de aceitunas chupadeos (sus preferidas) y una selecta bandeja de quesos.
Dispuestos a brindar, no dudaron en agarrar con ahínco sendas jarras, no fuesen a perder ni un ápice de aquella temperatura polar que las caracterizaba. Pero al contacto con el frío vidrio, todo se desvaneció y se volvió negro, como cuando se apaga la televisión de repente. Ya no estaba Rodrigo, ni las tapas, ni aquellas fabulosas cervezas. Su marido Honorato le había dado un buen codazo en la cama y entre ataques de tos y carraspera, farfulló: “¡Enga y levanta, que tenemos que ir a casa de mi madre y luego al Mercadona! ¡Ah, te recuerdo que no me quedan calzoncillos limpios y que para hoy han anunciado otra vez calima!”.
En martes ni te cases ni te embarques, debió pensar la novia, camino del juzgado para firmar su divorcio. Ni una sola nube en el cielo. Eso era cosa de Santa Clara, que era más clara que santa, seguro. Novia mojada, novia afortunada, siempre y cuando lleve algo azul, algo prestado y algo regalado.
Blanca y radiante va la abogada del novio, mientras que su letrado de oficio intenta escurrir el bulto dentro de un descolorido traje Dustin. ¡Qué triste es todo desde el otro lado! Sin saber ni cómo, su cabeza se llenó de frases populares, frases hechas, que acudían al velatorio de su divorcio: El novio la espera en el altar, ella camina del brazo del padrino. ¡El velo, cuidado con el velo, te lo van a pisar! Es lo que tiene llevar velo y encima de cinco metros de largo. Los había más cortos, en realidad había de todas las medidas, incluso podría haber ido sin velo, pero para una vez que se casa una.
Ni siquiera recordaba dónde lo tenía, debía estar sepultado en el trastero, junto con la tabla de surf que Roberto se comprara, por puro capricho, durante la luna de miel. Él que no sabía ni nadar. En cuanto nos casemos, aprendo y me voy a pillar olas. Olas no sé, pero el paquete que nos metieron por facturar una tabla de surf tamaño "longboard", fue considerable. La tabla de surf en medio del caótico trastero le recordaba a su matrimonio. Un sinfín de objetos inservibles, de objetos que no llegaron a ser objetos, que no llegaron a cumplir su función. Un quiero y no puedo y una convivencia extenuante de continuos reproches, en la que las faltas de respeto eran algo habitual. La temida palabra siempre estuvo ahí, la llevaban escrita en la frente al salir de la iglesia y ser recibidos por una lluvia de pétalos y arroz. Pero hay palabras para las que una nunca está preparada, como la muerte. Y qué es el divorcio, sino la muerte en vida de una parte de ti.
Color blanco roto, corpiño de raso y silueta cuerpo sirena. Como sigas perdiendo peso, le vamos a tener que meter otra vez. Pero si no hago otra cosa que comer. Eso son los nervios, a todas las novias les pasa. Aquel vestido la había poseído, la había conducido al infierno, la había ahogado, había matado sus sueños. Cuanto más tiempo esperaba en aquel pasillo, en compañía de su abogado, que no hacía otra cosa que hablar por el móvil, más presencia cobraba aquel vestido, aquella pieza de corte clásico, caída perfecta, sencillo y elegante, para el día más especial. “Déjanos vestir tus sueños”, decía la portada de aquel catálogo que se coló en su buzón. Fue abrirlo y encontrarlo. O fue él quizá, el vestido, quien la encontró a ella. “Pide cita para hacer realidad tu sueño”, ponía más abajo. "Deslumbra en este día tan especial". Porque luego vendrá el batacazo.
Escote en V, mangas con encaje imperio, refinado y atemporal. En ese momento, se abre la puerta del juzgado de primera instancia y el abogado de la novia por fin guarda su móvil. Con la cara descompuesta, se dirige al juez y a la abogada de la otra parte: Su señoría, acabo de saber que mi representada ha sido encontrada sin vida esta misma mañana en su domicilio. Todo apunta a que se trata de un suicidio, debido a una ingesta de barbitúricos. Ha sido encontrada en su cama ya sin vida. Al parecer, llevaba puesto su vestido de boda.
Anabel Pantoja, uno de los últimos productos de Tele 5
La invitan a todos los programas y está en todas las salsas. La incitan a opinar de todo, aplauden sus salidas de tono y sus patadas al diccionario. Juegan a desquiciarla y lo consiguen, así resulta más atractiva para su público. Los índices de audiencia la adoran. Se lo permiten todo, que se ponga altanera, contestona, farota e incluso insoportable. Porque al final -desde la presentadora de la mañana, hasta el de la noche- todos ponen el cazo. Predica para esa mitad de España que se adocena y que se reclina en su sillón, tras dar de mano en el curro y llenar su despensa con las últimas ofertas del Carreffour, no sin antes calcular los días de asuntos propios y los del vecino.
¿Qué va a ser de las nuevas generaciones? Larvas de la España del bulo, que han oído a sus padres despotricar contra el Gobierno, que han crecido entre rebuznos y banderas, oyendo gritar “yo soy español, español, español...”, viendo lo mal que va el país en las mañanas de Ana Rosa y cómo Cristiano Ronaldo amplía su colección de coches de lujo, mientras que su novia pare hijos como para montar un equipo de fútbol ella sola.
Larvas de la oferta y la demanda, de los telefonazos millonarios, del dinero llama al dinero, los reyes huidos, los paraísos fiscales y las carteras de contactos. Testigos también de un nuevo género de debate, en el que se calumnia a la víctima y se defiende al verdugo. Oiga, que esto no es fascismo, que es ‘liberalismo’. ¿Tú en que team estás? ¿Quién necesita lejía, cuando hay palabras que quitan hasta las manchas de sangre?
Tan solo hay que sintonizar el dial o el algoritmo adecuado, seleccionar el canal de televisión preciso, leer el periódico digital correcto y rematarlo con un canal Youtube en el que haya un tipo que diga que “le gusta emborrachar a las pibas para tener sexo”, que "los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo" o que las feministas son unas "feminazis". Referentes que adoctrinan por obra y gracia de esa sinergia tenebrosa que aglutina todo lo que es tóxico, rancio y decadente, conformando o más bien deformando generaciones enteras, que digieren este batiburrillo ostentoso, toril y discotequero entre
Cuidado con lo que sueñas, porque el reino de los triunfadores está lleno de pequeños Nicolases buscando, con ojos desorbitados, Australia en el mapa. Soñando con Ferraris y Corinas y con apartados VIP y rondas de Moët & Chandon en la misma discoteca donde acude Froilán y la lía parda el yerno de la Preysler.
Un ir y venir de batas blancas desalojaron el cuerpo. A continuación, un auxiliar le ofreció una infusión de menta poleo, antes de extenderle una bolsa con un nombre y un número. Reconoció enseguida que eran las cosas de su esposa por aquel olor inequívoco a Heno de Pravia, la fragancia cuyas pastillas de jabón llenaban los cajones y armarios de su casa. Don Carmelo jamás pensó que morir en un hospital fuese tan desolador, a pesar de que el personal había hecho todo lo posible por hacerle el trance llevadero, siendo atento y cuidadoso. Llegado el momento del funeral, pensó que debía ducharse y cambiarse de ropa, aunque solo fuese porque a su esposa le habría parecido correcto.
La compañía de seguros se había encargado de todo. Aquellas exequias nada tenían que ver con una inhumación tumultuosa, un ataúd solemne, coronas de flores, y sentidos pésames. Don Carmelo sabía que la póliza de deceso que su esposa había contratado incluía unos servicios personalizados que transformarían su partida en un rito de paso legítimo, sanador, necesario.
Tras el rigor mortis y veinticuatro horas después de la muerte clínica, el cuerpo sería envuelto en un traje níveo, similar al algodón, biodegradable y fabricado a base de hongos específicos, llamados a descomponer el cadáver y limpiarlo de toxinas, para así proporcionar a la tierra los nutrientes necesarios. Tras ser trasladado a un valle cubierto de limo y ortigas, Don Carmelo sería testigo partícipe de un protocolo ceremonioso y sencillo, un postrero acto de amor y de generosidad: devolverle a la tierra un poco de lo mucho que ella había recibido en vida y construir un camino de vuelta en el que el alma de Rosalía vibrara con la esencia de las cosas que le habían hecho sentir viva.
Un enjambre de aleteos y corrientes acogerían los restos de una mujer bondadosa, que había vivido con respeto, dejando tras su partida una estela cálida y acogedora. Había amado los espacios naturales y recorrido tantas veces aquellos lares, que se había reconciliado con las tardes de tormenta, el granizo, la nieve y la sequía, consiguiendo que la música de las estaciones marcaran el ritmo de sus quehaceres. Aquel ecosistema estaba llamado a recibir sus restos, éstos debían formar parte de la quietud ruidosa del paisaje.
Un traje de yerba joven abrazaría su cuerpo en un réquiem eterno, en el que la soledad de la tierra y el alborozo del viento jugarían con la carne dolorida, en una suerte de trato tácito con el tiempo. Su descomposición gloriosa haría que los ruidos de la tierra y el hambre por la vida devorasen su hermosura poderosa, su herida infinita, penetrando por los tallos de los lirios, buscando la salida, contemplando el corazón desde dentro y el ciclo del agua desde arriba. Su cadáver descosido, sería fecundado por el barro, la noche y las estrellas, a modo de simbiosis sostenible, durable, sigilosa.
Contemplaría Don Carmelo las ramas de los chopos y vería los brazos de su esposa asiéndose a la vida, brotando de debajo de las rocas, fecunda, incontenida. El jocoso arroyuelo de la sierra temblequeará pueril en su retina, pensando que Rosalía está en cada una de las piedras, en la flor más desvalida, rugiendo desde el centro de la tierra, durmiendo boca arriba, bajo un lecho de nubes, con su traje de trufas y veletas, tornando los caminos en arcilla, cuajando con su sangre las anémonas, feliz, enlentecida. Su duelo habrá vencido a las tinieblas y al dolor insondable que produce la espada de la vida, y cual higuera roja y enlutada, recibirá la lluvia, acontecida. La niña, la mujer, la octogenaria caminarán erguidas, con peces en las manos, gaviotas en el pelo y alas de libélula saldrán de sus pupilas. Y antes de que anochezca, buscará aquel columpio de la encina y cortará a su madre una pequeña flor descolorida y acunará en su mano aquel gorrión con barro en sus patitas y retomará la senda hacia su casa con sueño en las pupilas, llevando en su regazo la rosa más llorosa y perfumada, aquella que aprendió a decir su nombre en noches encendidas.
Don Carmelo la espera en el camino, hablando con el río y la ladera, las aves y las nubes, soñando con el día en que él penetre en aquella algarabía y cambie sus relojes por mañanas, por noches y por días, un solo corazón y la esperanza de ver a Rosalía.
—Buenos días.
—Buenos días, don Gregorio. ¿Qué tal su padre? Hace tiempo que no lo veo.
—Pues mire, lamento decirle que el viejo ha pasado a mejor vida.
—No me diga. No tenía ni idea. Lo siento muchísimo, mi más sentido pésame. ¿Cuándo ha sido?
—Hoy hace un mes que nos dejó.
—Ay, pobre. ¿No habrá sido por Covid?
—Que va, que va. Un bulto, que se le complicó y se lo terminó llevando por delante.
—Lo siento. Pensé en el Covid, porque como ha habido tantísimos contagios.
—Sí, pero que va. Un bulto maligno con muy mala sombra, que le invadió buena parte del escroto y no hubo nada que hacer.
—Vaya. Yo pensaba que, como su padre estaba tan mayor y tan mal de los pulmones, pues que...
—Sí, pero que va. Tendría que haber visto aquel quiste de pelo y pus del tamaño de mi puño. Y cómo empezó a crecer… hasta que reventó.
—¡Válgame dios! No me lo puedo creer.
—Pues créame.
—Tanta gente muriendo de Covid, para que venga un quiste y…
—Sí, tendría que haberlo visto. Lo repulsivo que era y el líquido viscoso que echaba.
—Vaya por dios.
—Por no contarle el olor fétido que despedía. Tanto que, cuando le retiraban la gasa, teníamos que salirnos de la habitación.
—No me diga usted más nada. Me imagino.
—Entre usted y yo, vecino, no hay nada peor que tener un grano en las partes nobles, que luego se pase a los testículos y que se complique con una hernia genital con secreción por hongos.
—Pues sí que suena chungo eso.
—Digo, Covid mi padre. Que va.
—Si es que no somos nada, don Gregorio. Un día estamos aquí y al siguiente ya no.
—Pues sí. Y aunque no fue por Covid, el corazón no distingue y dentro de lo que cabe, mi padre se ha podido ir en paz.
—Que Dios lo tenga en su gloria.
—Gracias.
—Hay que ver cómo está todo. ¡Qué pechá!
—Ahora la gasolina por las nubes. No hemos terminado de una, cuando entramos en otra.
—Pues agárrate que vienen curvas.
—¿Por qué lo dices?
—Porque van a empezar a faltar alimentos de primera necesidad.
—No me digas.
—Como te lo cuento. La semana pasada se acabó el aceite de girasol y hoy mismito, no había ni rodaballo, ni lubina. Esto de la gasolina no va a traer na bueno. Los transportistas se han puesto en huelga.
—¿Por eso llevas el carro hasta arriba? ¿Dónde vas a meter tanto pescao, chiquilla?
—Es que acabo de pedir por Amazon un congelador tipo industrial para tiempos de crisis.
—Desde luego que estás en todo.
—¿Si no estoy yo, quién lo va a estar? Estoy que no vivo, a ver qué pasa con las vacaciones de verano, que están mis niños deseando ir a Disneyland París, los pobrecillos. Y nosotros, de quitarnos de en medio un par de semanitas. Pero con esto que tenemos ahora encima, veremos a ver si vamos a terminar remojándonos en las playas de Málaga.
—Desde luego que no es justo.
—Señora, ¿quiere bolsa?
Le pregunta la cajera del supermercado.
—Sí, deme diez, por favor.
La cajera pasa uno por uno los códigos de barra, al tiempo que la compradora y su amiga introducen los productos en las bolsas.
—Así que, si te enteras de algún destino baratito, me lo dices.
—Descuida que lo haré.
—Señora, yo conozco un destino ideal para desconectar un tiempecito.
Le dice la cajera, al entregarle el ticket de compra.
—Tanto es así, que si va, puede que ni vuelva.
—Ay, dime.
—Apunte.
—Espera que saque un boli.
—Se llama Mariúpol.
—¿Mari qué? No me suena de nada. Pero vamos, que ahora mismo voy y llamo a Pulmantur que me digan que ofertas tienen. Gracias, niña.
—Las que usted tiene.
—Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...