Un ir y venir de batas blancas desalojaron el cuerpo. A continuación, un auxiliar le ofreció una infusión de menta poleo, antes de extenderle una bolsa con un nombre y un número. Reconoció enseguida que eran las cosas de su esposa por aquel olor inequívoco a Heno de Pravia, la fragancia cuyas pastillas de jabón llenaban los cajones y armarios de su casa. Don Carmelo jamás pensó que morir en un hospital fuese tan desolador, a pesar de que el personal había hecho todo lo posible por hacerle el trance llevadero, siendo atento y cuidadoso. Llegado el momento del funeral, pensó que debía ducharse y cambiarse de ropa, aunque solo fuese porque a su esposa le habría parecido correcto.
La compañía de seguros se había encargado de todo. Aquellas exequias nada tenían que ver con una inhumación tumultuosa, un ataúd solemne, coronas de flores, y sentidos pésames. Don Carmelo sabía que la póliza de deceso que su esposa había contratado incluía unos servicios personalizados que transformarían su partida en un rito de paso legítimo, sanador, necesario.
Tras el rigor mortis y veinticuatro horas después de la muerte clínica, el cuerpo sería envuelto en un traje níveo, similar al algodón, biodegradable y fabricado a base de hongos específicos, llamados a descomponer el cadáver y limpiarlo de toxinas, para así proporcionar a la tierra los nutrientes necesarios. Tras ser trasladado a un valle cubierto de limo y ortigas, Don Carmelo sería testigo partícipe de un protocolo ceremonioso y sencillo, un postrero acto de amor y de generosidad: devolverle a la tierra un poco de lo mucho que ella había recibido en vida y construir un camino de vuelta en el que el alma de Rosalía vibrara con la esencia de las cosas que le habían hecho sentir viva.
Un enjambre de aleteos y corrientes acogerían los restos de una mujer bondadosa, que había vivido con respeto, dejando tras su partida una estela cálida y acogedora. Había amado los espacios naturales y recorrido tantas veces aquellos lares, que se había reconciliado con las tardes de tormenta, el granizo, la nieve y la sequía, consiguiendo que la música de las estaciones marcaran el ritmo de sus quehaceres. Aquel ecosistema estaba llamado a recibir sus restos, éstos debían formar parte de la quietud ruidosa del paisaje.
Un traje de yerba joven abrazaría su cuerpo en un réquiem eterno, en el que la soledad de la tierra y el alborozo del viento jugarían con la carne dolorida, en una suerte de trato tácito con el tiempo. Su descomposición gloriosa haría que los ruidos de la tierra y el hambre por la vida devorasen su hermosura poderosa, su herida infinita, penetrando por los tallos de los lirios, buscando la salida, contemplando el corazón desde dentro y el ciclo del agua desde arriba. Su cadáver descosido, sería fecundado por el barro, la noche y las estrellas, a modo de simbiosis sostenible, durable, sigilosa.
Contemplaría Don Carmelo las ramas de los chopos y vería los brazos de su esposa asiéndose a la vida, brotando de debajo de las rocas, fecunda, incontenida. El jocoso arroyuelo de la sierra temblequeará pueril en su retina, pensando que Rosalía está en cada una de las piedras, en la flor más desvalida, rugiendo desde el centro de la tierra, durmiendo boca arriba, bajo un lecho de nubes, con su traje de trufas y veletas, tornando los caminos en arcilla, cuajando con su sangre las anémonas, feliz, enlentecida. Su duelo habrá vencido a las tinieblas y al dolor insondable que produce la espada de la vida, y cual higuera roja y enlutada, recibirá la lluvia, acontecida. La niña, la mujer, la octogenaria caminarán erguidas, con peces en las manos, gaviotas en el pelo y alas de libélula saldrán de sus pupilas. Y antes de que anochezca, buscará aquel columpio de la encina y cortará a su madre una pequeña flor descolorida y acunará en su mano aquel gorrión con barro en sus patitas y retomará la senda hacia su casa con sueño en las pupilas, llevando en su regazo la rosa más llorosa y perfumada, aquella que aprendió a decir su nombre en noches encendidas.
Don Carmelo la espera en el camino, hablando con el río y la ladera, las aves y las nubes, soñando con el día en que él penetre en aquella algarabía y cambie sus relojes por mañanas, por noches y por días, un solo corazón y la esperanza de ver a Rosalía.
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