Vistas de página en total

viernes, 19 de abril de 2019

MICAELA, LA GUAPA

Dedico este relato a mi amiga Miki en el día de su cumpleaños.


Micaela era rotunda como su nombre. Su melena azabache no pasaba desapercibida y junto con sus rasgos raciales, hacían de ella una llamarada de feminidad intensa y apetecible, cuyas pestañas te acariciaban el alma al tiempo que servían de marco a sus ojos oscuros y rasgados. Sus silencios olían a palomitas de maíz con caramelo y su voz, potente y ligeramente masculina, encendía el aire de feromonas, almizcle y peonías, su fragancia preferida.

Micaela limpiaba el Banco Central y su abultada experiencia no había mermado el pundonor que ponía en su trabajo. A sus cuarenta y tantos años no pensaba en los tres Euros la hora que le pagaba su empresa de limpieza, ni en que la mayoría de la plantilla del banco le pisaba sin conmiseración lo fregado, a la hora de echar un cuarto o media hora de más, sabiendo que no se lo pagarían y que no iba a constar en ninguna parte. Pero le gustaba tanto el trabajo bien hecho, que no salir a su hora se había convertido en una costumbre. Cuando salía por la puerta dejaba tras de sí una nube de amoníaco y desinfección que duraba hasta que cualquiera de los empleados decidía echar un cigarrillo y entraba apestando a humo y nicotina. 

Micaela por su parte, no había fumado en su vida y su marido y su casa eran ese paraíso perdido en el que curaba sus heridas de guerra. Un sillón modulable y la telenovela de turno amortiguaban los golpes del oficio, los tropiezos, los dolores de espalda, su sempiterna lumbalgia y la persistente tendinitis, que conocía cada rincón de su cuerpo. Sus manos, ásperas y curtidas, acusaban la predilección que tenía por la lejía, un producto que en sus manos se convertía en un arma poderosa, que utilizaba para esterilizar letrinas, papeleras, rincones mugrientos y sin saberlo, contra las inmundicias y las cloacas del mundo de quienes ejercían sobre ella un aire de superioridad y de indisimulada suficiencia, dejando patente que el cielo y el infierno pueden estar separados por un cubo con fregona o por un ordenador repleto de cifras.
   La paciencia era otra de sus armas y la más silenciosa. Su imagen en el espejo conspiraba con el Cristasol, recordándole cuál era su cometido, porque una vez sin huellas ni manchas, sería objeto de la vanidad de otros. Las esquinas, bendecidas por obra y gracia del amoníaco y un tenaz estropajo, volverían a acoger los murmullos y disimulos del mundo de oficina: conspiración sin microbios, escaquearse sin polvo sobre la mesa, trepar sin dejar huella… Micaela no podía evitar acordarse del antiguo anuncio de Super Ween cuando abordaba la enorme mesa de reuniones atiborrada de documentos, manchas pegajosas de café y susurraba para sus adentros “superleches”.

Seis de la mañana, aún noche cerrada, y Micaela ya estaba sentada en su autobús con su uniforme y una cinta en el pelo hablando animadamente con su compañera de asiento. Su parada es la siguiente y se despide deseando un buen día al grupo de mujeres que se encuentran en el asiento de al lado. Es bajarse y verse engullida por la oscuridad de una calle de mala reputación cerca de una de las arterias principales de la ciudad. Las sombras se ciernen a su paso y el aire se llena de rumores amenazantes. Una voz masculina la reclama al grito de “morena, ven”, pero Micaela sigue su camino lo más deprisa que puede y sin parpadear. Al pasar por el hueco de la persiana medio abierta del banco no puede evitar sentir un súbito alivio. Da lo buenos días sin saber si la oyen y se dirige al cuarto donde tiene el carro de limpieza y todos sus productos y enseres.

Parece que fue ayer que limpiaba la academia del barrio con su madre. Los pupitres, la mesa del profesor, la pizarra, las papeleras… También le ayudaba con la limpieza del bloque, donde Ana gozaba de una reputación irreprochable. Luego vendrían los trabajos a domicilio, una vecina aquí y otra allá, que combinaba con trabajos esporádicos en establecimientos o bloques de edificios. Solían pagarle por horas, algo que se quedaba en mera teoría, pues era imposible hacer limpieza a fondo, ventanas, azulejos, cocina, la plancha y bajar la basura en tan poco tiempo. Lo que nunca subía era la cantidad de dinero acordada, ya que contrataban a una chica para limpiar, había que aprovechar y si no le daba tiempo a todo, era culpa suya. A sus dieciocho años Micaela ya estaba más que habituada a baldear las indecencias de la gente y a vérselas con las cochinadas y la dejadez humana. Miserias que no casaban con su espíritu, con su verdadera esencia.  

Micaela devoraba libros de Brian Weiss, aprendía inglés en sus ratos libres y no faltaba a su cita con el gym, como ella lo llamaba, pues era una apasionada del aerobic. Los fines de semana salía a comer con su marido y a dar un paseo con sus hermanas por algún centro comercial. A la hora de salir, no lo hacía de cualquier manera, gustaba vestir ropa bonita y vistosa de colores llamativos, siendo el rojo y el negro sus preferidos. Un buen escote y un toque de brilli tampoco podían faltar en su atuendo, que completaba con unos bonitos pendientes de aro o de perlas. Su ritual era igual de pulcro y concienzudo que el que tenía a la hora de limpiar su casa o el banco. Se encerraba en el baño y salía resplandeciente, oliendo a flores, a champú, a suavizante… perfectamente maquillada y con los labios de un rojo carmín intenso, la marca de la casa.
   
Su espíritu juvenil permanecía tan intacto como su vestido de novia. Ni la muerte de sus padres, ni un aciago matrimonio, ni un tortuoso divorcio, ni llevar toda la vida en un trabajo extenuante que había hecho estragos en su salud y en su cuerpo, habían logrado apagar esa chispa de locura ni su ilusión por la vida. La adolescente y la niña seguían estando ahí, jugando en la calle que la vio crecer o quedando con sus amigas para “salir de marcha”, como ella decía. Porque “el tiempo de los tontos ya ha pasado”, era la frase lapidaria con la que Micaela lograba dar portazo a los malos momentos y decidía una vez más reinventarse.

Los Lunes a primera hora de la mañana solía cruzarse con Gregorio, un cliente del banco que no dejaba pasar más de dos días sin ir y se sentaba con el interventor a consultar el estado de su cuenta o a realizar algún tipo de transacción. A sus setentaitantos, lucía una importante alopecia que contrastaba con sus patillas que le llegaban casi hasta el cuello. Solía llevar una camisa negra de lunares y su carácter extrovertido y descarado despertaba las simpatías del personal. 
—¿Dónde está la guapa? Le preguntaba a cualquiera de los empleados. Micaela pasaba siempre deprisa por su lado, empujando el carrito o acarreando el cubo de la fregona y le contestaba cordialmente.
—Buenos días, Gregorio. Estoy muy liada, no me puedo entretener.
No limpies tanto, por la gloria de mi madre! Si tú deberías estar en una vitrina para que todos te contemplasen. 
Esto último nunca llegaba a oídos de Micaela, que para entonces ya se había trasladado con sus enseres a la planta de arriba. Ésta lo tenía como un pobre viejo avaro y descarado, y no comprendía que sus comentarios hicieran tanta gracia a la gente.

Un día, sacudiendo el teclado de don Felipe, el subdirector, levantó la vista y vio a través del cristal a Gregorio haciendo unas cosas muy extrañas, éste caminaba dando saltos y levantando la pierna. Micaela, que estaba acostumbrada a ver de todo, no le dedicó más de medio segundo y siguió con su tarea, sobre todo porque era una de las pocas veces que don Felipe la dejaba acceder a su escritorio y tocar sus cosas. 

En otra ocasión, al salir del cuarto donde guardaba los enseres, tropezó con Begoña la cajera más antigua de la sucursal, que llevaba la blusa medio desabrochada y la pintura de labios corrida como si se la hubiese intentado quitar con un trapo. Un collar de perlas colgaba de su mano derecha y algunas cuentas podían verse por el suelo. Micaela creyó que era su deber cogerlas y devolvérselas a su dueña, aunque para ello tuviera que pegar en la puerta de la oficina del director. El silencio por respuesta fue lo único que obtuvo, pero cuando estaba a punto de darse la vuelta, Begoña le abrió y con una sonrisa forzada tomó las perlas que Micaela había recolectado. 
—Gracias, niña. Por cierto, ya que estás aquí, ¿te importaría vaciar la papelera de don Ignacio?
—Claro, démela que yo la tiro, la desinfecto y se la traigo limpia.
Micaela hizo ademán de saludar al director de la entidad, pero éste no levantó la vista de su escritorio, así que se fue con la papelera hasta arriba de clínex manchados de carmín.  

Otro día observó un hecho no menos extraño, vio a un guardameta hablando con el interventor. Sí, un portero de fútbol, o al menos fue lo que dedujo por su atuendo deportivo y sus guantes. Don Ignacio sacó un abultado sobre y se lo tendió con un leve temblequeo, levantando posteriormente ambas manos como hacen los porteros cuando van a parar un balón. Con lo escrupuloso que era en el vestir don Ignacio, ¡cómo descollaba allí sentado ese hombre que parecía haberse escapado de un campo de fútbol! Pensó Micaela al contemplar fugazmente la escena. Fue la misma mañana en la que se percató allí la policía y se pasó la mañana hablando con los distintos empleados, así como con el personal de mantenimiento.

Siempre que salía a dejar fuera las bolsas de basura coincidía con el asesor y dos de los comerciales o los Tres Mosqueteros, como ella los llamaba, que salían siempre juntos a echar un cigarro. Éstos tenían por costumbre charlar animadamente sobre asuntos que nada tenían que ver con sus respectivos trabajos. 
—¿Habéis visto cómo viene la Charo? No sé qué va a dejar para el marido. 
—Sí, aunque desde que tuvo el niño, ya no está tan buena como antes. Se está poniendo de buen año.
—Es lo que tiene la inactividad, seis meses se ha tirado de baja maternal la tía. Y encima se queja.
Micaela saludaba al vendedor de cupones y antes de irse le compraba el especial del Viernes, que guardaba en su cartera junto a la foto de Jesús Cautivo y una estampita de San Antonio. 
Que le pisaran continuamente lo fregado, tener que abrirse paso entre los empleados y hacer auténticos malabares para limpiar expositores y adecentar los puestos de trabajo era más llevadero con la Mega Radio, que escuchaba a través de un solo pinganillo. Esta emisora ponía sus temas preferidos del zumba y contaba con un espacio dedicado al esoterismo en el que la pitonisa Marisa echaba las cartas a los oyentes que llamaban al programa. 

Pero lo que peor llevaba Micaela eran las visitas del departamento de calidad de su empresa de limpieza. Y es que cada cierto tiempo aparecían un par de señores que le decían cómo tenía que fregar el suelo, qué productos tenía que usar, cuánta agua debía echarle al cubo o cuánto debía durar el tiempo de secado. Un protocolo que le parecía insufrible. ¿Qué sabrían estos dos de cómo se tenía que fregar un suelo si seguro no han cogido una fregona en su vida? Los Paracaidistas, como ella los llamaba para sí, debido al atuendo que llevaban, le entregaban un folleto detallado con el tipo de baldosa y el tratamiento específico, que iba desde la desinfección, la pulimentación o el autoabrillantado antiestático. Una teoría maravillosa de no ser porque en la práctica era imposible llevarla a cabo por falta de tiempo y porque el suelo era constantemente pisoteado por empleados y clientes. Tras la profusa explicación y la correspondiente firma de documentos, los Paracaidistas se dirigían a la cafetería de enfrente a reponer fuerzas, como ellos decían, con un buen café con churros, para luego seguir con su itinerario.

Llevaba dos semanas sin ver a Gregorio por la entidad cuando Micaela, al salir de reponer el papel higiénico y el jabón del baño, vio un lazo negro en uno de los cristales de la fachada. En ese momento, apareció Begoña y le dijo que el director la esperaba en su despacho. Micaela pensó casi en voz alta:
—Por fin voy a poderle limpiar la moqueta y el ordenador. ¡Ya era hora!
Al entrar, éste muy serio le dijo que tomara asiento. A Micaela eso ya le descuadró y se pensó lo peor. 
—No sé si está al tanto de la noticia.
—No, ¿qué ha pasado?
—Uno de nuestros clientes más antiguos, Gregorio, ha fallecido.
—Ah, imaginé que algo le pasaba. Oh, cuánto lo siento…
—No sé si sabe que no tenía hijos y que parte de su herencia la había destinado a asociaciones benéficas.
—No tenía ni idea, don Ignacio.
—Pues que sepa que a última hora cambió de idea y le ha puesto a usted como heredera universal de la totalidad de su patrimonio. Así consta y así se nos ha hecho llegar. ¿Sabía usted algo?
Micaela dejó caer la gamuza del polvo y sus labios describieron una “o” perfecta antes de contestar:
—No, mire usted. Yo no pienso aceptar dinero gratuito de nadie y máxime de un hombre que ni conozco, se lo agradezco de verdad, pero no. 
Acto seguido, se levantó y finiquitó el tema con un:
—Bueno, me voy que si no, no me cunde la mañana. 
Al cerrar la puerta tras de sí, se remangó los puños de la bata hasta los codos y dijo: 
—Que el tiempo de los tontos ya ha pasado.

jueves, 11 de abril de 2019

PRIMAVERA ANTICIPADA

Los efluvios de abril acarician mis cortinas, Apolo hace mutis por el pasillo y mis sueños se funden con las trompetas cítricas de la tarde...




Colarme en la fiesta sensorial de la estación de Vivaldi, cuando ésta aún se resiste, es mi deseo, llegado el mes de marzo. Atracar una floristería, llenar la cocina de bulbos o colocar una despampanante orquídea caribeña en medio del salón, podría ser un buen comienzo. Pero este año, buscaré esas alas que un día compré, sin saber por qué, y me precipitaré al vacío de la mano de Apolo. Cuando me encuentren, mi alma y la suya habrán tomado la senda del crepúsculo. Lo que quede de nosotros no se parecerá a lo que fuimos y desde el paraíso, por medio de hechizos, lunas llenas y conjuros paganos, fingiré que soy Ikaro o aquel serafín alado que habita en la línea tenue del horizonte.

 

Reciclaré el invierno, dejaré la lluvia y el frío aparcados en el contenedor orgánico, abriré las ventanas para que salga el letargo y cubriré las paredes de mandalas. Llenaré el cubo de la fregona de agua límpida, a la que añadiré optimismo y un buen chorreón de valentía, y rociaré los rincones de incienso y sándalo, que infusionaré con los colores del viento. Me traeré el arcoíris más grande del bazar de la esquina, que subiré a rastras por las escaleras. Tendré que deshacerme de lo ampuloso, hacer un aquelarre con mis bufandas, quemar mi pijama de franela y las camisetas térmicas del Decatlón. Pondré una lavadora con mis miedos, echaré en la canasta de la ropa sucia los prejuicios, lavaré en la pila la ignorancia, pondré en remojo lo aprendido y colgaré en el tendedero cada una de mis experiencias. Me haré con lecturas etéreas, novelas de aventura, versos libres y poemillas volátiles de rima asonante. Cocinaré a fuego lento la caída de la tarde, deteniéndome en el ritmo acompasado de las sombras, que motean las montañas que veo desde mi ventana.

   

Tiraré todo lo que hasta ahora he considerado imprescindible, romperé mis agujas de punto y haré trizas ese paraguas rígido que he acarreado en el coche todo el año, que representa la arrogancia de lo superfluo y la monotonía de lo viejo. Renovaré mis frascos estivales y estaré en casa para cuando llegue el cartero con un sobre certificado de remitente desconocido. Aliexpress me traerá por fin, envuelta en pompitas transparentes, el arpa que vi en aquel catálogo. Arrastraré sillas, camas, armarios, aparadores… y abriré los grifos para que el manantial de la espera llene mis estancias con ecos del Nilo. Bajaré al trastero lo indiferente, lo acogedor, lo cómodo. Colgaré sueños de bambú en mi terraza y silencios en mis rincones preferidos. Mataré a los renos de Santa Claus, al Grinch, al infame fantasma de mi historia más reciente y renaceré como Afrodita, con la tormenta eléctrica de la tarde.  

jueves, 4 de abril de 2019

PLANCHADO Y A ESCENA


El traje, el traje, el traje… ¡No quiero ver ni media arruga! Camisa de cuello italiano, mocasines centelleantes, mi Apple Watch, mis gemelos de Gucci. Mi, mi mi… Que se note el pedigrí político y la marca España. Lo mejor de lo mejor, como un señor, porque soy el mejor, ¡hostias! No me vayan a meter en el club de los tiesos, como los pringaos esos de Podemos. Qué horror, ese Pablo Iglesias con esas greñas y esa ropa barata, todo el rato hablando de pobreza energética y de renta básica. ¡Qué mal fario y qué mal gusto! Lo que hay es que trajearse, proyectar una imagen de poderío, abundancia y demostrar el amor por tu patria en todo momento, ¡coño! Que la gente está harta de dramas y de miserias. Trepar al capó de un coche e izar la bandera, dar un mitin frente a una ganadería de toros bravos, ¡españolear, joder! Y si me preguntan por los casos de corrupción, pienso extender las palmas de las manos (consejo impagable de mi asesor) y desmentir absolutamente todo. Joder, hicimos lo que habría hecho cualquiera, coger lo que nos pertenece. ¿Desde cuándo el que manda no puede hacer lo que le venga en gana? Cualquiera en nuestro lugar habría hecho lo mismo. Confiemos en que sigan habiendo patriotas, gente capaz de morir por la bandera y por España, porque ese número se traducirá en votos azules. 

Pero ahora me toca currar, tirarme a la calle, a los leones. Venga, ya queda menos, una vez conseguida la mayoría, todo habrá merecido la pena. Si he llegado hasta aquí es por algo, si cuento con el respaldo de la cúpula, es que vieron en mí un digno sucesor. ¡Hostias!, estás hecho un figura, qué bien te sienta esa blazer. Hoy no llevaré corbata, mi asesor me ha dicho que tengo que dar una imagen fresca, jovial y limpia. Tengo labia, charm, carisma. Soy el César del partido conservador, el triunfador que mi país necesita. Un hombre de mi tiempo, liberal, europeísta, con licenciatura, máster, postgrado en Harvard (que sí, que fueron cuatro días en Aravaca, pero a quién le importa la letra pequeña), y con idiomas, que no se diga. El Obama ibérico, el Macron español. ¿Preparado para estrechar la mano al populacho y dar palmaditas en el hombro? Siuuuuuuuuu!!! 

Palmadita por aquí, palmada por allá, el gesto perdonavidas que nunca falla cuando te das un baño de multitudes o sales a desayunar a un bar de barrio. Al inversor lo tomaré por los hombros y lo recibiré con mi sonrisa triunfal, porque el dinero llama al dinero, que se note. Y una tierna cachetada al niño que se acerque a darme un dibujito. ¡Cómo te gustan los niños, mamón! Eso sí, tengo que tener cuidado con las marujas, que te dejan en evidencia en cuanto te descuidas. Como ésa que le quiso vender unos calzoncillos al Sánchez. No son peligrosas ni nada. La culpa la tuvo él, mira que es bobo, cómo se le ocurre ir a un mercadillo de marujas. Una cosa es bajar a los infiernos y otra meterse en el mismísimo purgatorio. En fin, con pasearme por los aledaños de Serrano y visitar una fábrica de cemento será suficiente. 

Tendré que llevar un casco protector, lo que me dará ese puntito de cercanía que, junto con mi impecable atuendo, transmitirá una imagen de confianza, insignia de mi partido. Qué agradecido es mezclarse con el vulgo, sentir ese contraste. Porque aún hay clases, oiga. Yo con mi traje impagable y ellos de normal, con sus uniformes grises y grasientos, señal de que levantamos el país codo con codo, ellos abajo y nosotros arriba. Los de manos agrietadas y tiznadas creerán que están acariciando las manos de un bebé, al apretar las mías. ¡Caray, qué contraste! Parece que ya estoy viendo la foto. El futuro presidente en una fábrica de ladrillos rodeado de obreros, maquinaria, polvo, casquería. Y yo sin dejar de sonreír, como en aquella otra foto que me hice con el presidente autonómico de Galicia, parecíamos Starsky y Hutch, menudos dos brazos de mar, podríamos haber pasado por dos putos modelos de Armani. Menos mal que el departamento de imagen estuvo al quite y retocó la fotografía convenientemente, quitando a aquel inoportuno pedigüeño. ¿Quién le mandaría meterse en la foto? En fin, cosas de la imagen. Me verán como un dios cercano, el héroe que seguirá acosándolos a impuestos, jugando a subir y bajar el IRPF, el salario mínimo interprofesional, las pensiones… Que más da, me habrán votado para ello, para dirigir sus intereses. ¡Venga, vamossss! Es tan fácil ganarse al ciudadano de a pie, cuanto peor lo tratas, más te votan y si les robas, mejor que mejor, porque buscarán cualquier excusa para defenderte y justificarte. Será el síndrome de Estocolmo, dicen “esto es el colmo”, pero te vuelven a votar, ja ja ja… Joder, este chascarrillo lo tengo que soltar con unos vinitos cuando quede con Josema. ¡Viva el Rey!

viernes, 29 de marzo de 2019

SONETOS DE CAMPAÑA



EL PRESTIDIGITADOR

Un querubín de pelo ensortijado
avieso en la oratoria y la coartada
electo por la banca acaudalada
pimpante como un novio desposado.

Lampiño, apuesto, limpio y pertrechado
se erige fiel faquir de la timada
con la declamación como aliada
en asesoramiento, insuperado.

Y como buen alumno aventajado
en la gestualidad contrapesada
con un gesto expansivo y afectado.

Dirige el dedo hacia la americana
escondiendo el pulgar tras la otra mano
y un brillo contenido en la mirada.

***




EL ANFIBIO

Un púber zagalón de gris chaqueta
se abre paso henchido entre la gente
que aclama “presidente, presidente”
como el que vitorea a un guardameta.

Gran trepador, de compostura inquieta
adopta una estrategia ambivalente
el ser igual y a veces diferente
según lleve ese día la careta.

Un príncipe adiestrado en la gracieta
 en la plática fatua y convincente
testigo de Jeová de la pirueta.

De mentón afeitado y prominente
recita de memoria su historieta
pero para ofender a los de siempre.

***






miércoles, 20 de marzo de 2019

EL DERECHÓMETRO

Si es un español de esos que no se aclara y aún no sabe si votar al PP, a Ciudadanos o a Vox, he aquí la solución a sus dudas, ya está en su farmacia: ‘el derechómetro’.

¿A cuál de las dos Españas pertenece? ¡Eureka! Si se considera “de derechas”, he aquí un instrumento capaz de medir el grado de fascismo en que se encuentra. Si sólo está de acuerdo con una de estas consignas, es que no lo tiene muy claro y estaría a tiempo de reconsiderar su tendencia política antes de acudir a las urnas en las próximas elecciones. Si está de acuerdo con un máximo de tres, dese por derechizado, aunque la esperanza nunca se pierde. Pero si comulga con todas ellas, no lo dude, el personaje de Torrente fue inspirado en casos como el suyo. No se alarme, la ignorancia y la simpleza que proporciona el pensamiento totalitario le proporcionará un estado de beatitud borricuda que ríase de los efectos del vino de Cómpeta. En estos casos se le recomienda hacerse con otro aparato de medición aún más preciso, el ‘tontómetro’. 

1. V/F    Los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo.
Es decirla y ver el mercurio dispararse al tiempo que caen empicados los niveles de empatía y de solidaridad. Esta afirmación es síntoma de un procaz e indisimulado sentimiento de superioridad, en este caso hacia aquellos que vienen a nuestro país a buscarse la vida de manera honrada. La osadía que supone poner a nuestros hijos por delante de los que más lo necesitan sólo puede corresponderse, en términos clínicos, con un estado de delirio agudo concomitante con demencia becerril e individualista. Este tipo de trastorno se cura poniéndose en el lugar del otro.

2. V/F   Hay que votar a los que tienen.
Dinero, claro. Es oírla y dibujárseme una sonrisilla de nostalgia, ya que la decía mi padre y, por ende, la gente de su generación. Es someter esta afirmación a un sencillo examen exploratorio y saltar todas las alarmas de la imparcialidad y de la lógica. El diagnóstico abruma por su contundencia: el paciente presenta altas dosis de cretinismo producido por la presencia en sangre de caciquismo, clasismo y servilismo (CCS). Remedio: Dese un paseo por la Marbella de Jesús Gil y Gil o por calle Génova para que le dé un poco el aire o, para que lo entienda mejor, váyase a tomar viento.

3. V/F  Puigdemont es un golpista peligroso.
Aviso a las farmacéuticas: queda prohibida la prescripción del antibiótico 155 sin receta médica. Se ha producido un colapso en las urgencias de los hospitales españoles, que se han visto inundados de pacientes con una alergia severa a la ‘tolerancia’ y la ‘comprensión’. Los laboratorios están trabajando a destajo para controlar esta plaga que, si bien no conduce a la muerte, es altamente molesta y corrosiva, provocando odio, falta de respeto, incomprensión y estrechez de miras. Ya que el paciente cree vivir en un estado de excepcionalidad y es capaz de tirarse a la calle con una bandera en ristre. Remedio: la musicoterapia ha demostrado dar muy buenos resultados, ya que escuchar el himno de España los atontola. Hay quien prefiere el de Marta Sánchez, es un poco más caro, pero no es genérico.

4. V/F  ¿No queríais democracia? Pues ahí la tenéis.
Si se halla en la sala de espera de su ambulatorio o en la cola de un Unicaja, no se asuste si en algún momento oye este terrible alarido cargado de indignación. El perfil está tipificado y el número de pacientes totalmente controlado. La casuística no da lugar a equívoco, se trata de un brote ocasional cuyo detonante es la impaciencia y los sujetos que la padecen no han oído hablar de la domiciliación bancaria. Estos individuos no tienen por qué ser peligrosos, los puede invitar tranquilamente a los cumpleaños, pero no les haga esperar, por si acaso.

5. V/F   ¡Gibraltar español!
Top de tops donde los haya, pasan los años y se enrancia y avinagra como los vinos peleones. Esos que hacen que se te salten las lágrimas, proporcionándote una euforia tan ilusoria como breve y desmedida, puesto que el fallo está en la misma materia prima y todo lo demás es ya un despropósito. Esta consigna no es más que el grito desesperado de un buen puñado de nostálgicos de lo que se perdió en La Habana, entusiastas de la España imperial de la que oyeron hablar en las películas de Sisí o leído en las sesudas enciclopedias Sopena, defensores a ultranza de una patria imperialista, colonizadora, gloriosa, poderosa... Diagnóstico: No cabe duda, ha debido usted tragarse a Carlos I de España y V de Alemania y le ha salido Paquirrín en GH Dúo. Remedio: Lamento ser fatalista, pero no tiene. La enfermedad se encuentra ya tan avanzada, que cualquier terapia o medicación (volver a la escuela, documentarse…) no haría más que empeorar su estado de enajenación, ya que se aferraría aún más a sus ideas. Una dosis de Perejil cada verano lo mantendrá satisfecho, que no lúcido. Pero no desespere, se está trabajando en la búsqueda de una medicación para quienes les ha tocado convivir con usted.


miércoles, 13 de marzo de 2019

HACIA LO SALVAJE...

Los dados del destino te proponen historias, pero la tuya al final la escribes tú
Me disponía a pasar un fin de semana ROMÁNTICO en una encantadora ROULOTTE vintage regalo de unos amigos, no la roulotte, sino las dos noches de estancia en un camping holístico en la Sierra de las Nieves que incluía: la caravana, cursillo de jardinería, taller de Cábala y jornada de Taichi en uno de los parajes más salvajes y vírgenes de nuestra sierra andaluza. Mentiría si os dijera que estaba nerviosa, de hecho nunca había estado más segura de hacer algo. Es la sensación de que estaba en mi destino cruzar el umbral de la monotonía de recorrerme una y otra vez los centros comerciales de mi ciudad, ir de tapeo y frecuentar las cafeterías, teterías y pubs del centro... Y como todo tiene su momento y todo llega, heme embarcada en una roulotte de matrícula argentina color caqui customizada con un enorme cóndor serigrafiado en la ventana. El caso es que allí estaba, con mi marido camino de la montaña… Un viaje delicioso de no ser porque mi Manolo, enemigo acérrimo de la aventura y de cualquier cosa que huela a alternativo, no paró de quejarse en todo momento, haciendo presagios infundados e inventando contratiempos donde no los había, de manera que yo, en vez de dirigirme a unas placenteras vacaciones parecía ir derecha a la cueva de Alí Babá, al Monte de las Ánimas o a la mansión de un Conde llamado Drácula perdida en la bruma de la profunda Rumanía.

    Siempre me pasa lo mismo, no sé qué es mejor, si lograr convencerlo o tirar la toalla a tiempo, porque llego a plantearme si realmente vale la pena ir a algún lado con esa actitud. Y como mi Manolo es de hábitos fijos, me propuso hacer una parada para desayunar en la Cancela Campera, un clásico de nuestras escapadas al que nunca me niego, ya que así tengo excusa para tomarme mi segundo café y una buena viena de manchego. Además, esta fonda tiene esa impronta de la España profunda que me recuerda a mi infancia y a mis padres. Vamos, que entrar es como viajar en el tiempo o como poner Canal Sur, sabes que si te das una vuelta por el minisúper terminas topándote con algún CD de Manolo Escobar, que en paz descanse. Que si su alma tuviera que vivir encadenada entre dos mundos, ésta vagaría eternamente por las FONDAS de carretera de España, colándose con su zalamera sonrisa en las cabinas de los camioneros y en las guanteras de los turismos de los domingueros con sus vacas atestadas de bártulos.

    El caso es que me había salido con la mía, había conseguido aparcar mis tacones, salir de mi zona de confort y me dirigía hacia lo salvaje, como diría Amaral. No habíamos recorrido ni veinte kilómetros, que decidimos sacar un mapa de la zona, este era una virguería que daban con el periódico Sur, lo teníamos desde hace no sé cuanto tiempo en el trastero y formaba parte de un coleccionable de rutas en BICI que Manolo coleccionó concienzudamente para darme una sorpresa, ya que yo le había propuesto en reiteradas ocasiones iniciarnos en esta actividad tan sana y recomendable. Como podéis imaginar, nunca se dieron las condiciones propicias para ello, si era invierno, por el frío y la lluvia, en verano, demasiado calor y en primavera, las alergias. Otoño, se nos pasaba entre una cosa y otra. El caso es que lo único que conseguí tras años de insistencia fue esta colección de mapas del periódico Sur debidamente ordenados por orden de dificultad de ruta, a todo color y encuadernados y plegados de modo que el mapa cabía en cualquier bolsillo y al desplegarlo parecía el mismísimo mapa del tesoro. Porque mi Manolo no será aventurero, pero le pierde una colección. Para comprobarlo solo hay que entrar en su 'cuarto de los horrores', como yo lo llamo, donde atesora fetiches semanasanteros, cómics y figuras friki a partes iguales, que conviven con clicks de Playmobil, lo último en tecnología Apple y pinturas de War Hammer, un horror vacui curioso en el que la palabra 'hueco' brilla por su ausencia y el polvo por su omnipresencia. Bueno, el caso es que por fin íbamos a darle un uso real, yo estaba tan ilusionada, que la noche anterior me quedé dormida sobre el susodicho desplegable con mi cara estampada sobre el río Molino y mi nariz apuntando al Cerro de Fulaneja. 

    Cerré los ojos y saboreé el momento en el que entrábamos en la zona de puerto de montaña y sentí cómo la madre tierra me recibía con los brazos abiertos, acariciándome con su aroma a tierra mojada y sus peñas de piedra caliza, rocas agrestes y testarudas que saben más por viejas que por estar compuestas por cientos de minerales. Según nuestro mapa del tesoro, nos quedaban treinta kilómetros para llegar a la Acequia de Fuentepiedra, un paraje al parecer propicio para hacer un alto en el camino. Y mi mente empezó a llenarse de cascadas de agua cristalina, vegetación autóctona, pinsapos, sabina, comino... y mi Manolo inmortalizándome con mi conjuntito verde caqui y mis gafas de sol de espejo polarizadas. Parecía la ocasión perfecta para estrenar mi cantimplora, una charrería que adquirí en Tiger por la misma época que el coleccionable con el tapón color cobre y estampado camuflaje.

    Mas de pronto mi mirada se posó en una sombra lejana, un oscurecimiento súbito del paisaje que crecía a medida que nos adentrábamos. Al principio creímos que era una nube, pero tuve la genial idea de bromear con el asunto y, recordando los testimonios de OVNIS de Cuarto Milenio, dije que podría tratarse de una nave extraterrestre, esas que intersecta la NASA un día sí y otro también y luego se empeñan en ocultar. Mi Manolo agarró el volante con fuerza y pisó con ímpetu el acelerador, cuando nos percatamos de que hacía bastante rato de que no nos cruzábamos con ningún otro vehículo. Era obvio, pero evitábamos hablar de ello por miedo a empeorar el estado de paranoia y pánico inminente en el que estábamos entrando sin comerlo ni beberlo. De repente mi mente empezó a llenarse de casos de encuentros con extraterrestres, abducciones y descripciones de alienígenas de lo más variopintas... Hay que ver, que para una vez que decido fundirme con la naturaleza, van y me abducen. Yo, que miraba el mapa y la misteriosa sombra alternativamente, me di cuenta de que el objeto que la producía estaba en el lugar al que nos dirigíamos, primer hito de nuestra escapada.     

    Pero ya no podíamos volvernos, pues la carretera de un sentido se había ido estrechando, hasta el punto de que parecía estábamos siendo engullidos por la montaña. Mas llegó el momento en que así fue, subimos los parasoles porque el sol estaba tapado por algo que no sabíamos qué era y formábamos ya parte de la amenazante sombra circular que nos guiaba como Estrella de Belén. Miro el cuentakilómetros y veo que vamos tan solo a 30 Km por hora, le dije a Manolo que acelerara y se me cayó el mapa de las manos cuando me dijo que hacía un buen rato que lo intentaba pero que no había manera, que era como si el coche estuviese sujeto a una fuerza contraria que lo obligaba a desacelerar. Yo entonces me maldije a mí misma por no haberme quedado en mi zona de confort con mis zapatos de tacón y mis bares de tapeo y mis teterías y pensé que me lo tenía bien merecido por tonta y por caprichosa y por haber traído a rastras a mi pobre Manolo, que demasiado bien estaba llevando el viaje y que ahora por mi culpa seguro formaríamos parte de la sección de sucesos o lo que es peor, de la sección de desaparecidos, compartiendo plantel con el niño pintor de Málaga y a saber dios quién más... Ahí fue que mi Manolo, que me conoce metida en un saco, leyó el pánico en mis ojos y no dudó en entrelazar su mano con la mía, llevando ambas a la palanca de cambio. Juntos redujimos a segunda, luego a primera... Nos miramos como si estuviésemos a punto de lanzarnos al vacío… Para cuando el coche se detuvo por completo, estábamos justo debajo del gigantesco objeto. Me murmuró “te quiero” y nos fundimos en un abrazo. Cerré fuertemente los ojos y tras ver pasar mi vida como en una película, decidí interiormente dejarme llevar por el destino, fuese el que fuese… En ese momento Manolo me susurra “abre los ojos, cariño" y una oleada multicolor llenó mis pupilas, un inmenso GLOBO AEROSTÁTICO ondeaba justo delante de nuestro coche y unas ESCALERAS de cuerda me invitaban a subir...

jueves, 7 de marzo de 2019

LA VERDADERA REVOLUCIÓN VIOLETA

Imagen de Melanie Griffith en la mítica película "Armas de mujer"
Las nada menguantes listas de mujeres asesinadas cada año a mano de sus parejas, los crecientes casos de acoso sexual a nivel mundial, los controvertidos casos de violaciones grupales en los que se cuestiona la inocencia de la víctima en favor de sus agresores o la tan traída y llevada brecha salarial, fueron algunos de los detonantes de la PRIMERA HUELGA FEMINISTA MUNDIAL, tal día como hoy hace justo un año. Y digo yo, ¿aparte de incomodar a los de siempre (sólo por esto ya merece la pena), no podría tratarse también de un baladí, una puesta en escena maravillosa para distraernos, contentarnos y de paso que algunos políticos se marquen su momento de postureo? Pienso que con la nada desdeñable cifra del 22% de brecha salarial, debidamente constatada, no se hace más que tomar la parte por el todo, ya que es un síntoma más, uno de los tantos tentáculos enfermos, pues el problema es de fondo.

En mi opinión, la VERDADERA REVOLUCIÓN de la mujer no pasaría por faltar a su puesto de trabajo (para quienes tengan la suerte de tener uno, claro), la auténtica y temida revolución y de la que nadie habla DEBERÍA PARTIR DEL SENO DE NUESTROS HOGARES. ¿Qué pasaría si, en vez de faltar a ese puesto de trabajo que nos ha costado sudor e historia conseguir, por el que recibimos un salario y muchas incluso estemos cotizando, hiciéramos una huelga de verdad, es decir, dejásemos de hacer las tareas domésticas??? Esto incluiría por supuesto desentenderse también del cuidado de los hijos, no alimentarlos, no llevarlos al colegio ni ayudarlos a hacer los deberes, etc. Esta huelga sí que despertaría consciencias, no solo la de los hombres sino también la de muchas mujeres que tienen el rol tan asumido que no son conscientes de lo trascendental que es su labor. El mundo se paralizaría y quedaría a la vista de todos que EL TRABAJO MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO, el que está vinculado directamente a la supervivencia, el más valioso y multidisciplinar que existe, el que más tiempo requiere (las 24 horas de toda una vida y sin vacaciones), NO ESTÁ REMUNERADO y lo detentan en su mayoría mujeres. Vamos, que somos el burro de carga de la sociedad. Y no solo no nos lo agradece nadie, sino que nos hacen creer que es nuestra obligación, al mismo tiempo que nos estigmatizan por ejercerlo.

Pero no os preocupéis, la ‘sociedad del bienestar’ ha pensado en nosotras creando la bienintencionada ‘baja por maternidad’, vamos, que te invitan o más bien te hacen la cama para que vuelvas al sitio de donde nunca debiste salir, ¡so espabilá! Regalo envenenado donde los haya, todos conocemos a más de una mujer que, tras “disfrutar” de dicha baja, luego no se ha reincorporado a su trabajo fuera de casa (el que sí está remunerado). Por no hablar de las que se lanzan a la maternidad animadas por dicha baja (totalmente comprensible por mi parte). ¿Pero qué me decís de la ’baja por paternidad’? Sí, esto no es otra cosa que unos diítas de permiso para el cónyuge varón que, tras el alumbramiento de su mujer, se ve en su deber de salir a comprar el periódico, bajar al perro, salir a hacer la compra y atención, que aquí viene la prueba de fuego más letal y decisiva: ¡cambiar pañales! (para luego fardar por ahí tanto ella como él). Pero, después de cortar el cordón umbilical, esto no es na, gañán!!! Para conseguir pasar tan durísima prueba y ser de esos hombres de los que dicen han cambiado pañales, tan solo hay que cambiar uno.

Pero que no cunda el pánico, que aunque esta huelga se propusiese, no lograríamos llevarla a término debido a la escasa participación; vamos, que terminaría siendo como la Hora del Planeta o el día mundial sin automóvil. ¿Sabéis por qué? Porque somos compasivas, solidarias y ESTAMOS ACOSTUMBRADAS A HACER LAS COSAS SIN ESPERAR NADA A CAMBIO. Y el altruismo no da dinero, señores. Y si no, ¿a qué mujer no le han espetado alguna vez la célebre frase "lo haces porque tú quieres", acompañada de un "nadie te obliga"? ¡Eureka!, parece que ha salido el premio gordo y hemos dado con una de las cuestiones de fondo de las que hablaba al principio. Y es que mientras en este mundo el dinero (llamadlo ganancia, productividad, beneficio…) esté ante todo, por encima de todo y lo justifique todo, la mujer, que tiene la extraña y misteriosa virtud de moverse generalmente por otros motivos, tendrá por desgracia poco que hacer, su voz se hará pequeñita y su discurso estará siempre asediado por el descrédito, la calumnia e incluso la mofa, al tiempo que es explotada por avaros empresarios, que no dudarán en saturarla de trabajo mientras la critican a sus espaldas.

Por eso hoy, Día de la Mujer, me uniré a esta hermosa y esperanzadora marea violeta, rindiendo homenaje a todas las mujeres, sean cuales fueren sus circunstancias. Pero sobre todo, a AQUELLAS que como yo, adoctrinaron para ser "MUJERES DE SU CASA''.

EL BELÉN

  —Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...