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domingo, 22 de enero de 2023

14 DE FEBRERO

Ayer me regalaron rosas y me llevaron a cenar a la luz de las velas. Los niños se quedaron con mi madre, no sin antes prometerme que harían todos los deberes, que se cepillarían los dientes y se acostarían temprano. El camarero me llamó "señora", llenó mi copa y retiró mi plato. Luego me obsequió con una interminable lista de postres, retiró mi silla y me dejó pasar primero. 

Cuando llegué a casa, la lavadora había terminado y en el lavadero se agolpaban los platos sucios del almuerzo y el desayuno. Al meterme en la cama, el dolor y el cansancio se apoderaron de mi cuerpo. Al día siguiente, me esperaba otra doble jornada.

jueves, 1 de diciembre de 2022

DESAPARECIDOS



La primera vez que sucedió fue en un céntrico obrador de una pequeña localidad de Indiana. Una de las empleadas entró en el almacén en busca de un saco de harina de centeno. Ni el saco, ni ella regresaron. El segundo caso tuvo lugar en el otro extremo del mundo, en una lavandería. El dueño había salido a echar un pitillo, momento que aprovechó para poner el centrifugado manual. Al no regresar, la resistencia de las lavadoras terminó achicharrando la colada y un olorcillo a chamusquina inundó la acera. Ambos sucesos no tardaron en copar los titulares de los informativos locales, donde familiares descompuestos lanzaban mensajes de ayuda a la población, así como suplicantes misivas a los hipotéticos raptores. En tan solo una semana, los informativos de medio mundo ya abrían con la desaparición diaria de cientos y miles de personas. 

 

Se sabía muy poco o nada acerca del origen de las atomizaciones, que es como pasaron a llamarse las desapariciones espontáneas, después de que organismos internacionales como la ONU emitieran un insuficiente y lacónico informe, instando a los países a unir fuerzas, la única manera, si es que la había, de averiguar el motivo de las incesantes desintegraciones. La noche era el escenario, pues durante el día no se había registrado ninguna desaparición. La edad y el sexo no computaban, como tampoco la latitud, el hemisferio, el hecho de encontrarse en plena calle o en el interior de una vivienda. La atomización podía suceder en la cola de un cine, en el aseo de un restaurante o en la sala de estar de casa. Tan  variopinto podía ser el escenario, que incluso había desapariciones en televisión, en pleno directo. Bastaba que el presentador se ausentase al camerino, al pasar a publicidad, para que a la vuelta, la emisión se cancelara sin motivo alguno o éste fuese reemplazado por otro. La segunda condición era más que evidente, y es que no existía en el mundo ni una sola persona que reconociese haber presenciado dicho acontecimiento. Las volatilizaciones sucedían siempre a escondidas del ojo humano, lo que hacía el asunto aún más desconcertante.

 

Este hecho pronto caló en la consciencia colectiva. Así, cualquier persona, desde el momento que perdía de vista a un ser querido, debía enfrentarse al riesgo, altamente probable, de perderlo para siempre. Bastaba un simple pestañeo o trasladarse a otra habitación. Lo que llevó a las personas a vivir en un estado de atención y de vigilancia permanente. Parques, colegios y guarderías contaban con desapariciones un día sí y otro también. Los padres se negaban a separarse de sus hijos y establecían turnos para dormir. Bastaba un leve descuido, para que la nada tomase el lugar del lecho de una cunita o el hueco cálido de un confortable moisés. Era como para volverse loco. Los enamorados vivían un drama indecible, protagonizando lacrimógenas despedidas en plena calle. Los niveles de estrés se dispararon, así como el consumo de bebidas con cafeína y todo tipo de excitantes. Nadie quería dormir, estaba en juego la vida.

 

Los más ávidos pronto encontraron la forma de rentabilizar la dramática y desconcertante situación y, haciendo gala de un oportunismo procaz, se crearon las empresas de ‘vigilancia intensiva’, con personal especializado en velar por los intereses de los seres queridos. Con  eslóganes como “nosotros estamos despiertos por ti”, pronto se hicieron imprescindibles y no había familia que no contara con los servicios de una de estas empresas. A pesar de los esfuerzos constantes, las volatilizaciones se sucedían sin interrupción y el mundo menguaba en población.

Los años pasaron, (…) sin que los científicos encontrasen la forma de detener las desapariciones; tampoco sabían decir a donde iban a parar los desaparecidos. Y cuando el mundo se había acostumbrado a la nueva normalidad y a vivir en el presente como si fuese lo único seguro que tenían, las atomizaciones cesaron. 

sábado, 13 de agosto de 2022

MI ESPOSA ES LA TUYA



—¡Qué pasa, maestro! ¿Cómo estamos?
—No tan bien como tú, Bertín. 
—Ya me he enterao de que te estás separando de la parienta. Qué mal está la cosa, macho.
—Corren malos tiempos. Las mujeres ya no son como antes. 
—Que me lo digan a mí. 
—Es que no entiendo qué les pasa.
—Eso es cosa del feminismo, hazme caso. Antes, cuando una mujer se casaba, aguantaba carros y carretas. Ahora, solo quieren independencia, entrar y salir. Hacen lo que les da la gana.
—Bertín, que mi Ana María trabajaba en una frutería. Que fui yo quien la sacó de allí y me la llevé a la mismísima Moraleja. Le monté un taller de costura en el sótano de mi casa y le hice un churumbel en la primera arremetía.
—¡Joe, Jose, estás hecho un fenómeno!
—Gracias, hombre, pero yo te digo que la culpa la tiene la televisión. Primero, me la engatusaron para ir a Supervivientes y luego no ha habido quién la parase. Que si entrevistas, que si exclusivas, que si posados…
—Eso es verdad, cuando lo prueban, ya no quieren otra cosa. Son capaces de llevarse por delante lo que haga falta, niños, matrimonio, familia… 
—Y tú, que tuviste que cruzar el charco, Bertín.
—Digo, a la mismísima Venezuela fui a por mi Fabiola. Cucha, que allí las tías están deseando pillar a un tío como nosotros. A un señó como dios manda, español, con una buena cartera, con posición, con apellidos. Pero entre tú y yo, Jose. Yo, lo de la tuya, no me lo esperaba, con lo callaíta y prudente que parecía, que no decía esta boca es mía. Cuando la veía en la tele metiendo las bolsas de la compra en el coche o visitándote en la cárcel, pensaba, qué suerte ha tenío el Ortega, que ha encontrado una mujer de su casa como las que ya no quedan. 
—Pues ahora está todos los día en la peluquería pintándose el pelo y soliviantá con la tele. 
—Mira, Jose, yo he llegado a la conclusión de que son unas desagradecías todas y que en cuanto se acostumbran a lo bueno y a las comodidades, nosotros ya pasamos a un segundo plano.
—Que me lo digan a mí, Bertín, que la tengo todos los días aireando los trapos sucios. 
—Cucha, que como les des independencia, es peor.
—Ni que lo digas, tendríamos que habernos quedado en la finca.
—No te creas. Mira la Vicki del Cordobés. Que yo la quiero mucho, pero no le gusta que la aten en corto.
—Sí, pero mira como con la segunda, ya ha tenido más cuidado, a Venezuela que se fue a por ella también.
—Entre tú y yo. ¿Tú sabes por qué Virginia no ha dao la espantá?
—Ni idea, dime.
—Porque no la deja ni a sol ni a sombra, como te lo digo. Que Manuel parece un tío mu paraíto, pero los tiene bien puestos. Yo estoy seguro de que a ella se le antoja ir a algún sitio, y él le dice: muy bien, pero yo voy contigo. ¿Tú los has visto?, si parecen siameses.
—Pues eso tampoco, Bertín.
—A mí tampoco me va eso. Yo necesito espacio y tiempo para mí. Entrar, salir, esparcirme, correrme mis juergas, un jijí, un jajá…
—¡Aro, Bertín, aro!
—Y llegar a mi casa, abrir la puerta de la cocina y encontrármela con su delantalito, el pusherito recién hecho, con su limoncito y con la cushara palo, dándome a probar a ver cómo está de sal.
—No me hagas emocionarme, Bertín. Eso ya se está perdiendo.
—Cucha, perdiendo dice. ¡Que se ha perdío, coño! Tome un pañuelo.
—¿Dónde hay una mujer así?
—Descuide, que si la encuentro, no se la pienso presentar. A la cola, que conozco a unos cuantos que están igual que nosotros y ya da igual que seas torero o de alta alcurnia. Al principio, todo muy bien, pero una vez que te trincan, se quitan la careta y se ponen desatás. 
—Es que tú y yo somos hombres de otro tiempo, Bertín. Y se están perdiendo las buenas costumbres. Que un hombre maduro no tenga derecho a una hembra con la piel tersa, dispuesta a dar la vida por él, a dejarlo todo y a darle una segunda juventud, con una segunda o una tercera prole, si es preciso. Que tú y yo somos dos peasos de señores. 
—Y de sementales, Jose, no lo olvides. Pero no se puede tener todo hoy en día. Una cosa es la carne fresca y otra, pretender tener a la hembra encerrá en la finca, con lo que les gusta salir, tener su trabajito… Se avecinan tiempos duros, Jose. Y esto es solo el principio.
—A mí es que no me dejan, ni siquiera, tener una doble vida. Antes, la prensa rosa se aliaba contigo. Tú tenías tus cositas fuera del matrimonio, pero no tenía por qué saberse, te hacías tus posaditos familiares y todos contentos. Ahora, se tiene que saber todo, coño. Y encima, queda uno mal.
—Tienes toda la razón, maestro. Antes, la prensa hacía la vista gorda. 
—Mira, Bertín, mi Rocío, que Dios la tenga en su gloria, aunque muy jaquetona ella, era una mujer chapada a la antigua y la primera interesada en guardar las apariencias. Un matrimonio con solera: yo, torero, y ella, tonadillera.
—Mira, no te tomes a mal lo que te voy a decir, pero yo pienso que la docuserie de Rociíto fue la que abrió la caja de los truenos.
—Ni que lo digas, Bertín. Yo no quise ni verla, pero mi parienta se la vio entera.
—Ahí lo tienes.
—Ay, Bertín, no sé qué voy a hacer.
—Por lo pronto, abrir otra botella, que el vino tinto y la mujer, caliente se han de beber.
—Sí, pero a mí, el vino y las mujeres me dan más pésames que placeres.
—Es que vino y moza por casar, no son fácil de guardar.
—Desde luego, mercancía peligrosa: vino, caballo y esposa.
—Salud.
—Y fuerza en la cañadú.
—Tú sí que sabes, Bertín.


viernes, 5 de agosto de 2022

UN PLÁCIDO DÍA DE PLAYA

Es domingo y la familia García se dispone a echar un fabuloso día de playa. 
—Mamá, ¿puedo llevarme el spinner?
—¿Qué vas a hacer con el spinner en la playa? Si en la arena no gira.
—¿Y mi barco de Lego?
—Cómo vas a llevarte el barco de Lego, para que se te estropee o pierdas alguna pieza.
—¿Le pregunto a papá?
—Haz lo que quieras. 
Zanja la madre, al tiempo que organiza las fiambreras dentro de una bolsa de playa tamaño XL y se cerciora de que no falta nada. La ensalada de pasta, los filetes empanados, la media sandía, el tinto de verano de Roberto, el puro habano de después de comer, guardado en su funda, y un buen trozo de su bizcocho preferido. Rosa no recuerda cuántos años lleva haciéndole el mismo bizcocho, cada vez que van a la playa. Ni acordarse quiere de aquel día en que se le olvidó en la nevera y tuvieron que volverse desde Chilches. A Roberto le gustaba tanto, que si le faltaba algún ingrediente, lo notaba enseguida. 
 
Agosto lanzaba toda su artillería con días de terral, bochorno y temperaturas que hacían temblar el mercurio. Qué mejor que un día de playa para que los niños se esparzan y disfruten.
—Mamá, Pablito no me deja.
—Pablito, deja a tu hermana y ve a ponerte el bañador, que te lo he puesto encima de la cama. Y tú, ¿qué haces todavía con el pijama puesto?
—Es que mis amigas no me dejan, nada más hacen mandarme Wasaps. Por cierto, ¿se puede venir Claudia? Es que me ha dicho que sus padres se van a una barbacoa y ella allí se aburre. 
—Tú sabes que por mí, sí. Tendrás que convencer a tu padre, ya sabes lo que opina al respecto.
—Sí, que nuestro coche no es el autobús escolar y nosotros no somos una ONG.
En el garaje de casa, Roberto pone a punto su Volkswagen Golf y para ello, no duda en rodearlo una y otra vez, cerciorándose de que los espejos están bien alineados, las ruedas tienen la presión correcta y la superficie del salpicadero está despejada y reluciente.
—Papá, que dice mamá que no puedo llevarme mi barco de Lego. Me ha dicho que te pregunte.
—Para tonterías estoy yo, para un día libre que tengo. Anda, dile a la chochona de tu madre que en veinte minutos salimos. Y el que no esté metido en el coche, aquí se queda. No estoy dispuesto a comerme la caravana de domingueros.
Robertito entiende que es un sí y va a por su barco de Lego, para meterlo en una bolsa.
Es ahora Marina la que entra en el garaje.
—¿No me vais a dejar ni un rato tranquilo, eh?
—Papá, ¿se puede venir Claudia? Mamá me ha dicho que sí.
—Ya estamos. Ya sabía yo que me ibais a dar el domingo. Claro, a tu madre le da igual uno más que uno menos, como ella no tiene que conducir y le importa un pimiento que me llenen el coche de arena. 
—¿Se viene entonces?
—Corre y veme al quiosco a por un paquete de cigarros y procura que no te engañen con la vuelta.
Cuando faltan cinco minutos para salir, Rosa pega en la puerta del baño.
—Marina, ¿has visto la hora que es? Ya sabes cómo se pone papá, acuérdate de la última vez.
—Estoy depilándome, ya termino.
Rosa se detiene un breve instante en el espejo del pasillo, se desabrocha el botón superior del vestido y acaricia con su mano derecha unos moretones que amenazan con rozarle el cuello. Luego se lo vuelve a abrochar. Entre tanto, su hija sale del baño. 
—Mamá, te vas a asar con ese vestido. ¿Hoy tampoco te vas a bañar?
—Ya sabes lo mal que me pongo con la regla.
—Siempre dices lo mismo. Pues que sepas que todas las madres de mis amigas se bañan menos tú.
Cuando dan las diez, están todos en el coche, menos Roberto, que está cerrando la puerta del garaje.
—Mamá, ¿has echado mi pelota azul?
Pregunta Pablito, de repente.
—No sé, pero reza para que no pillemos caravana.
 
 
 
 

jueves, 12 de mayo de 2022

MATAR AL AMOR

 


Matemos al amor,
encerrémoslo en 365 días,
pongámoslo a plazo fijo,
sumémoslo a la lista de la compra, 
lavémoslo en la lavadora,
que centrifugue bien, que quede limpio. 

Metámoslo a diario en la misma cama,
pongámosle Netflix por las noches,
mucha sinceridad y confianza,
que permanezca estable, bien tranquilo.
Que no quede ni un ápice de aquel escalofrío,
de aquella embriaguez desamarrada
que nos hizo temblar en el vacío.
 
Hagámosle un buen nido,
llenémosle la casa de chiquillos,
quitémosle su sitio,
que no quede un resquicio, un escudriño,
cambiemos la pasión por Disney Channel.
¡Matemos al amor, cariño!
 
 

viernes, 29 de abril de 2022

VAYAN PASANDO POR ORDEN DE COLA

 

En los supermercados, soy de las que se quedan en la misma cola cuando abren una caja nueva. Sujeto bien mi compra, clavo mis pies en la baldosa y miro al frente. Cuando pasa un tiempo prudencial, hago un barrido tranquilo de mi entorno. 
 
¿Será que soy perezosa, que no me gusta la aventura, que me gusta terminar lo que empiezo? Puede que los que se cambian de cola estén hechos de otra pasta, que sean mucho más ávidos y que tomen mejores decisiones. Puede que sean más aviesos, más espabilados, más astutos. Seguro que hay quienes cuentan el número de personas en cada fila y los productos que llevan y, en función de ello, sopesan si les trae a cuenta cambiarse o no. No me extrañaría que los que hacen esto paguen mucho menos que yo por el uso de cualquier servicio que contraten (seguro que el TAE de su hipoteca es inferior al mío). Ojo, que también están los que tienen prisa justificada. Los que tienen el coche en doble fila, invitados en casa o se han dejado el horno encendido. Sí, pero reconócelo, Susi, ni en ésas te has visto realizando un conteo de las personas y los productos, porque piensas que si lo haces, se te adelantará todo el mundo. Pero sobre todo, porque, pudiendo estar pensando en las musarañas, ¿qué ganas con minuto arriba, minuto abajo?

Luego están los que se cambian por ese miedo irracional que paraliza, empujándote a imitar las decisiones de otros, sin sopesar si realmente les conviene. Si te fijas en sus pupilas, están cristalizadas y sus movimientos son mecánicos, rápidos, desesperados. Miran, pero son incapaces de ver, piensan, pero son incapaces de reflexionar. Viven angustiados, les aterra la idea de quedarse rezagados o fuera de la manada.
 
Yo en cambio, me instalo en la comodidad de la decisión tomada de antemano y soy feliz en mi baldosa. Desde mi fila, observo con tranquilidad curiosa el proceder de los demás compradores: algunos deambulan en tierra de nadie, arrastrando distraídos sus carritos, hurgando en la memoria, hablando consigo mismos porque saben que algo se les olvida. A otros se les ve impacientes, mueven la cabeza como si estuviesen viendo un partido de tenis, buscando posar su mirada ávida en un objetivo plausible. Desde mi cubil, me permito el lujo de dejar pasar a aquellos que llevan mucha menos compra que yo, busco el momento apropiado y alzo mi voz: “Si lo desea, puede pasar delante de mí”. Observo el devenir del mundo, en lo que nos hemos convertido, los titubeos, las intenciones invisibles… en busca de un pequeño milagro.
 
Puede que la vida sea un enorme supermercado, al que hemos venido a buscarnos las habichuelas. Un laberíntico centro comercial repleto de productos y en el que nos vemos obligados a tomar cientos de decisiones: ¿cesta o carrito?, ¿carne o pescado?, ¿pasta o arroz?, ¿cerveza sin o con?. Rodeados de ofertas, descuentos, artículos rebajados, productos novedosos. 

Abrumados y aturdidos por tantas decisiones, nos olvidamos de aquello que veníamos realmente a comprar y cogemos lo primero que vemos, que es lo que menos necesitamos, con la secreta ilusión de que colme esa parte de nosotros que está desatendida. Entonces, abren una caja nueva, una postrera oportunidad para salir airosos de esta extenuante carrera, un pequeño gran triunfo que apuntalará tu necesidad de autopremiarte. 

La próxima vez que estés en el supermercado, imagina que eliges la cola más larga, la que tiene los carros más llenos, que la gente se te cuela a raudales y que encima, te vas con la cesta vacía.

 

 

UN DÍA DE CALIMA


Aquella mañana cuando salió de su casa, agradeció que el ascensor no estuviese ocupado y que en el garaje ningún vecino le obstaculizase la salida. Al perecer, había salido en el momento idóneo. Ojalá las cosas fuesen siempre así, pensó. La calima se había confabulado con la lluvia para pintar de color albero aceras, parques y edificios. De modo que, mientras conducía, tuvo la sensación de que atravesaba el desierto de una ciudad deshabitada, situada en un futuro postnuclear. Pensando esto, se dio cuenta de que ya había llegado a su trabajo, donde una plaza de aparcamiento vacía la esperaba. Redujo a tercera, segunda, primera y a continuación, puso la marcha atrás. El volante se deslizó bajo sus manos como la seda y las ruedas del coche dibujaron una “S” perfecta, momento en que su canción favorita emitía sus últimos acordes en la radio. 

 

Al apearse del vehículo, observó con deleite cómo entre ambos laterales y las líneas del suelo, existía la misma distancia. En la escalinata, un servicial vigilante de seguridad se ofreció para llevarle el maletín y de paso, abrirle y sujetarle la puerta. Al entrar en el ascensor, pareció leerle el pensamiento, retirándose y dejándola sola frente al espejo, donde comprobó que estaba especialmente radiante. El maquillaje se había fundido con su piel en un ivory impecable y el colorete hacía que sus pómulos refulgiesen jugosos e irresistibles. No necesitó retocarse los labios, pues éstos eran los mismos que mordieron la manzana del Paraíso.

 

Al entrar en su oficina, todos la recibieron con una cálida sonrisa, incluido su jefe, que con un afable “buenos días”, le retiró el abrigo, invitándola a su despacho, donde la esperaba un humeante starbuck de su cappuccino favorito. Al tomar asiento, le comunicó que había decidido subirle el sueldo y concederle los viernes como días libres, para que su descanso fuese más largo y reparador, ya que estaba realmente contento con el trabajo que realizaba y muy agradecido por su esfuerzo. 

 

Al salir del despacho, la interceptó Rodrigo, el delegado de compras por el que suspiraban todas las trabajadoras de la empresa. Éste desplegó su sonrisa triangular para hacerle una velada proposición. Estaba impresionado por sus aportaciones a la empresa y deseaba charlar esa misma noche con ella sobre posibles proyectos futuros, en la cervecería donde ponían las cañas más heladas de la ciudad y las tapas más abundantes y exquisitas. 

 

La jornada no pudo transcurrir de manera más amena. Esa mañana no tuvo que gestionar ninguna incidencia, ni vérselas con ningún cliente pesado al otro lado del teléfono. En cambio, cerró un par de jugosos contratos y, en tiempo récord, un presupuesto que normalmente solía tomarle semanas. Fue cerrar el ordenador y recibir una llamada del spa más famoso de su localidad, comunicándole que por participar en no sé qué sorteo, había ganado el primer premio: una sesión Diamond Experience, que incluía masaje a cuatro manos, baño de pétalos, exfoliación con frutas de las Maldivas y el tratamiento más novedoso y exclusivo, una limpieza facial con 'punta de diamante', al parecer, el secreto de belleza de Cleopatra.

 

Y en menos que canta un gallo allí estaba, en la gloria. No en el spa, sino en su cervecería favorita, con un vestido cóctel azul klein, sus estiletos preferidos y un rouge-à-lèvres frambuesa, reinando, dominando la situación y con Rodrigo rendido a sus pies, clavando sus apasionados ojos verde manzana en los suyos. Sobre la mesa no tardaron en poner dos jarras de cerveza escarchadas, un platillo de aceitunas chupadeos (sus preferidas) y una selecta bandeja de quesos. 

 

Dispuestos a brindar, no dudaron en agarrar con ahínco sendas jarras, no fuesen a perder ni un ápice de aquella temperatura polar que las caracterizaba. Pero al contacto con el frío vidrio, todo se desvaneció y se volvió negro, como cuando se apaga la televisión de repente. Ya no estaba Rodrigo, ni las tapas, ni aquellas fabulosas cervezas. Su marido Honorato le había dado un buen codazo en la cama y entre ataques de tos y carraspera, farfulló: “¡Enga y levanta, que tenemos que ir a casa de mi madre y luego al Mercadona! ¡Ah, te recuerdo que no me quedan calzoncillos limpios y que para hoy han anunciado otra vez calima!”.

EL BELÉN

  —Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...