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domingo, 31 de diciembre de 2023
QUE NOS ATROPELLE UN TREN
viernes, 14 de julio de 2023
SEGUIR ESCRIBIENDO
Voy a seguir escribiendo, porque el atardecer es más bello junto al calor de la tinta y porque, al cerrar los ojos, arden mil historias en mis dedos. Voy a seguir escribiendo, porque prefiero la intimidad de un cuaderno, al ruido de una fiesta tumultuosa y porque, en lo más profundo, la vida no toma forma, si no es con el torno imprevisible del grafito.
Voy a seguir escribiendo, porque la escritura es esa otra dimensión que me divide y multiplica cuando la mina se hunde en el fragor del folio. Voy a seguir escribiendo, aunque pierda autobuses, se me pasen las paradas y ese tiempo no lo dedique a otros quehaceres más rentables y lucrativos.
Voy a seguir escribiendo, porque no existen las casualidades, porque todo cuanto me digo a través de la pluma supera con creces todo cuanto pueda decir y me ayuda a comprender al otro, por muy alejado que se encuentre. Voy a seguir escribiendo, porque es la única forma de que el tiempo se detenga, que los pájaros canten y que vuelvan las oscuras golondrinas.
Voy a seguir escribiendo, porque cada vez que lo hago, mis pies dejan de tocar el suelo, el tiempo no existe y las palabras me invitan a saltar al vacío. Voy a seguir escribiendo, porque las metáforas me conectan con el mundo, dibujando lianas invisibles y porque es la mejor manera de hacer frente a la imparable bola de nieve que es mi vida.
Voy a seguir escribiendo, cuando la escarcha de los años inmovilice mis dedos, ya no sea dueña de mi cuerpo y cuando me convierta en polvareda del camino. Entonces, lo haré con ayuda de los ángeles, desde cualquier rincón del universo.
miércoles, 8 de marzo de 2023
EL DÍA QUE NO FUI A CLASE
El día que no fui a clase, se armó la marimorena,
me tocó fregar los platos; después, preparar la cena.
Aquel día en que falté, decidí no creer en mí,
amparándome en “amigas” que apoyaban mi desliz.
El día que no fui a clase, puse la tele muy alta,
me di una ducha muy fría y dormí sin poner la alarma.
Aquel día en que falté, estrenaban una serie que no me quería perder:
la vida de otra persona, el sueño de otra mujer.
El día que no fui a clase, alguien decidió por mí
lo que tenía que comer, cómo tenía que vestir…
Aquel día en que falté, cambié mi primer trabajo
por uno de 12 horas seguidas y sin descanso.
El día que no fui a clase, me endosaron los cuidados,
primero vino el abuelo, el suegro, el tío Genaro…
Aquel día en que falté, empecé a estar mal pagada
y a desear la propina de quien de mí se apiadaba.
El día que no fui a clase, perdí sin saber el tren,
ese que tanto corría:
el tren de la libertad y el de la sabiduría.
Aquel día en que falté, aprendí a chapurrear,
a mentir en el currículum y a decir “je ne sais pas”.
El día que no fui a clase, alguien me pagó la cena,
me pidieron matrimonio y me preñé a la primera.
Aquel día en que falté, las páginas de mis libros se mancharon de azafrán,
más tarde, de lamparones de papilla y de Prozac.
El día que no fui a clase, aprendí a desaprender
lo que pude haber sabido y jamás nunca sabré.
Aquel día en que falté,
empecé a sentir envidia de mis otros compañeros;
puede que ellos consigan llegar donde yo no puedo.
domingo, 22 de enero de 2023
14 DE FEBRERO
Ayer me regalaron rosas y me llevaron a cenar a la luz de las velas. Los niños se quedaron con mi madre, no sin antes prometerme que harían todos los deberes, que se cepillarían los dientes y se acostarían temprano. El camarero me llamó "señora", llenó mi copa y retiró mi plato. Luego me obsequió con una interminable lista de postres, retiró mi silla y me dejó pasar primero.
Cuando llegué a casa, la lavadora había terminado y en el lavadero se agolpaban los platos sucios del almuerzo y el desayuno. Al meterme en la cama, el dolor y el cansancio se apoderaron de mi cuerpo. Al día siguiente, me esperaba otra doble jornada.
jueves, 1 de diciembre de 2022
DESAPARECIDOS
La primera vez que sucedió fue en un céntrico obrador de una pequeña localidad de Indiana. Una de las empleadas entró en el almacén en busca de un saco de harina de centeno. Ni el saco, ni ella regresaron. El segundo caso tuvo lugar en el otro extremo del mundo, en una lavandería. El dueño había salido a echar un pitillo, momento que aprovechó para poner el centrifugado manual. Al no regresar, la resistencia de las lavadoras terminó achicharrando la colada y un olorcillo a chamusquina inundó la acera. Ambos sucesos no tardaron en copar los titulares de los informativos locales, donde familiares descompuestos lanzaban mensajes de ayuda a la población, así como suplicantes misivas a los hipotéticos raptores. En tan solo una semana, los informativos de medio mundo ya abrían con la desaparición diaria de cientos y miles de personas.
Se sabía muy poco o nada acerca del origen de las atomizaciones, que es como pasaron a llamarse las desapariciones espontáneas, después de que organismos internacionales como la ONU emitieran un insuficiente y lacónico informe, instando a los países a unir fuerzas, la única manera, si es que la había, de averiguar el motivo de las incesantes desintegraciones. La noche era el escenario, pues durante el día no se había registrado ninguna desaparición. La edad y el sexo no computaban, como tampoco la latitud, el hemisferio, el hecho de encontrarse en plena calle o en el interior de una vivienda. La atomización podía suceder en la cola de un cine, en el aseo de un restaurante o en la sala de estar de casa. Tan variopinto podía ser el escenario, que incluso había desapariciones en televisión, en pleno directo. Bastaba que el presentador se ausentase al camerino, al pasar a publicidad, para que a la vuelta, la emisión se cancelara sin motivo alguno o éste fuese reemplazado por otro. La segunda condición era más que evidente, y es que no existía en el mundo ni una sola persona que reconociese haber presenciado dicho acontecimiento. Las volatilizaciones sucedían siempre a escondidas del ojo humano, lo que hacía el asunto aún más desconcertante.
Este hecho pronto caló en la consciencia colectiva. Así, cualquier persona, desde el momento que perdía de vista a un ser querido, debía enfrentarse al riesgo, altamente probable, de perderlo para siempre. Bastaba un simple pestañeo o trasladarse a otra habitación. Lo que llevó a las personas a vivir en un estado de atención y de vigilancia permanente. Parques, colegios y guarderías contaban con desapariciones un día sí y otro también. Los padres se negaban a separarse de sus hijos y establecían turnos para dormir. Bastaba un leve descuido, para que la nada tomase el lugar del lecho de una cunita o el hueco cálido de un confortable moisés. Era como para volverse loco. Los enamorados vivían un drama indecible, protagonizando lacrimógenas despedidas en plena calle. Los niveles de estrés se dispararon, así como el consumo de bebidas con cafeína y todo tipo de excitantes. Nadie quería dormir, estaba en juego la vida.
Los más ávidos pronto encontraron la forma de rentabilizar la dramática y desconcertante situación y, haciendo gala de un oportunismo procaz, se crearon las empresas de ‘vigilancia intensiva’, con personal especializado en velar por los intereses de los seres queridos. Con eslóganes como “nosotros estamos despiertos por ti”, pronto se hicieron imprescindibles y no había familia que no contara con los servicios de una de estas empresas. A pesar de los esfuerzos constantes, las volatilizaciones se sucedían sin interrupción y el mundo menguaba en población.
Los años pasaron, (…) sin que los científicos encontrasen la forma de detener las desapariciones; tampoco sabían decir a donde iban a parar los desaparecidos. Y cuando el mundo se había acostumbrado a la nueva normalidad y a vivir en el presente como si fuese lo único seguro que tenían, las atomizaciones cesaron.
sábado, 13 de agosto de 2022
MI ESPOSA ES LA TUYA
viernes, 5 de agosto de 2022
UN PLÁCIDO DÍA DE PLAYA
—Mamá, ¿puedo llevarme el spinner?
—¿Qué vas a hacer con el spinner en la playa? Si en la arena no gira.
—¿Y mi barco de Lego?
—Cómo vas a llevarte el barco de Lego, para que se te estropee o pierdas alguna pieza.
—¿Le pregunto a papá?
—Haz lo que quieras.
Zanja la madre, al tiempo que organiza las fiambreras dentro de una bolsa de playa tamaño XL y se cerciora de que no falta nada. La ensalada de pasta, los filetes empanados, la media sandía, el tinto de verano de Roberto, el puro habano de después de comer, guardado en su funda, y un buen trozo de su bizcocho preferido. Rosa no recuerda cuántos años lleva haciéndole el mismo bizcocho, cada vez que van a la playa. Ni acordarse quiere de aquel día en que se le olvidó en la nevera y tuvieron que volverse desde Chilches. A Roberto le gustaba tanto, que si le faltaba algún ingrediente, lo notaba enseguida.
Agosto lanzaba toda su artillería con días de terral, bochorno y temperaturas que hacían temblar el mercurio. Qué mejor que un día de playa para que los niños se esparzan y disfruten.
—Mamá, Pablito no me deja.
—Pablito, deja a tu hermana y ve a ponerte el bañador, que te lo he puesto encima de la cama. Y tú, ¿qué haces todavía con el pijama puesto?
—Es que mis amigas no me dejan, nada más hacen mandarme Wasaps. Por cierto, ¿se puede venir Claudia? Es que me ha dicho que sus padres se van a una barbacoa y ella allí se aburre.
—Tú sabes que por mí, sí. Tendrás que convencer a tu padre, ya sabes lo que opina al respecto.
—Sí, que nuestro coche no es el autobús escolar y nosotros no somos una ONG.
En el garaje de casa, Roberto pone a punto su Volkswagen Golf y para ello, no duda en rodearlo una y otra vez, cerciorándose de que los espejos están bien alineados, las ruedas tienen la presión correcta y la superficie del salpicadero está despejada y reluciente.
—Papá, que dice mamá que no puedo llevarme mi barco de Lego. Me ha dicho que te pregunte.
—Para tonterías estoy yo, para un día libre que tengo. Anda, dile a la chochona de tu madre que en veinte minutos salimos. Y el que no esté metido en el coche, aquí se queda. No estoy dispuesto a comerme la caravana de domingueros.
Es ahora Marina la que entra en el garaje.
—¿No me vais a dejar ni un rato tranquilo, eh?
—Papá, ¿se puede venir Claudia? Mamá me ha dicho que sí.
—Ya estamos. Ya sabía yo que me ibais a dar el domingo. Claro, a tu madre le da igual uno más que uno menos, como ella no tiene que conducir y le importa un pimiento que me llenen el coche de arena.
—¿Se viene entonces?
—Corre y veme al quiosco a por un paquete de cigarros y procura que no te engañen con la vuelta.
Cuando faltan cinco minutos para salir, Rosa pega en la puerta del baño.
—Marina, ¿has visto la hora que es? Ya sabes cómo se pone papá, acuérdate de la última vez.
—Estoy depilándome, ya termino.
Rosa se detiene un breve instante en el espejo del pasillo, se desabrocha el botón superior del vestido y acaricia con su mano derecha unos moretones que amenazan con rozarle el cuello. Luego se lo vuelve a abrochar. Entre tanto, su hija sale del baño.
—Mamá, te vas a asar con ese vestido. ¿Hoy tampoco te vas a bañar?
—Ya sabes lo mal que me pongo con la regla.
—Siempre dices lo mismo. Pues que sepas que todas las madres de mis amigas se bañan menos tú.
Cuando dan las diez, están todos en el coche, menos Roberto, que está cerrando la puerta del garaje.
—Mamá, ¿has echado mi pelota azul?
Pregunta Pablito, de repente.
—No sé, pero reza para que no pillemos caravana.
EL BELÉN
—Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...
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La realidad es atravesada cada día por un tren de indiferencia y una cascada incesante de anuncios publicitarios. La realidad ya no es ...
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Dedico este discurso a mis alumnos y alumnas de 4ºESO del IES Río Aguas —¡Cuánto tiempo! Parece que fue ayer cuando nos graduamos. Mira, m...





