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viernes, 8 de marzo de 2024

MUJER CON SÍNTOMAS PREOCUPANTES


-Veo lagartas que quieren ligar con mi marido y compañeras de trabajo que me tienen envidia. Veo malas madres que dejan a los niños en el colegio para irse con el novio de turno. Veo mujeres que se prostituyen por vicio y hombres que caen en su trampa, desesperados por echar una canita al aire, después de tanto esfuerzo por llevar un sueldo a casa. Veo adolescentes desvergonzadas y niñas que da miedo oírlas de todo lo que saben. Veo hombres acusados falsamente de maltrato y otros que duermen injustamente en un calabozo, por el simple hecho de ser hombres y sobrepasarse con la primera niñata lo suficientemente insensata como para ir vestida como una furcia y borracha por una calle solitaria. Veo mosquitas muertas dispuestas a cualquier cosa, con tal de echarle el lazo a un señor con pasta, y ligeritas de cascos practicándose un aborto tras otro, como si eso fuese el coño de la Bernarda, y nunca mejor dicho. Estoy muy mal, doctora. ¿Qué me pasa?
-Tiene razón, señora, está muy mal.
-Ay, no me diga. ¿Qué tengo?
-Tiene “machismo”.
-¿Y eso se cura?
-Claro, incluso un cuadro tan severo como el suyo podría ser revertido, con el tratamiento adecuado.
-Estoy dispuesta a hacer lo que usted me diga.
-Aquí tiene. Tómese una dosis de “Feminismo” al día, después de cada comida.
-¿Seguro que si lo tomo, me curo?
-Se lo garantizo. Pero tiene que ser muy constante y practicar deporte, claro.
-¿Qué deporte me recomienda?
-Para lo que usted tiene, practicar “sororidad” le vendrá muy bien. Pero no haga como casi todas mis pacientes, que dicen que sí, y luego no la practican.
-¿Cómo ha dicho que se llama?
-S-O-R-O-R-I-D-A-D.
-Descuide, doctora, la practicaré.
-Eso espero, por la cuenta que le trae a usted y a la sociedad.


miércoles, 3 de enero de 2024

EL DÍA DESPUÉS



Se despertó de la siesta y se liberó de las garras de su sillón-relax. Una fuerza irracional le condujo hacia la nevera, que no solía fallarle en los momentos de bajón. Ésta atesoraba las sobras de la Noche Buena: la carrillada en salsa de su cuñada, los gambones, el queso curado cortado en triángulos, la sopa de mariscos, las toreras, los pepinillos, el jamón… Poseído por un instinto de supervivencia ancestral, hurgó en el compartimento inferior, donde solía guardar lo que no cabía en la parte de arriba y descubrió una bolsa, que no había sido abierta. Como el que abre un regalo de Papá Noel, rompió el plástico, ansioso por averiguar de qué manjar se trataba. Allí estaban los patés de la tía Inés, comprados en la sección Gourmet del Corte Inglés, cada uno en su frasco correspondiente. De pato, de boletus, de trufa, de perdiz roja… A continuación, buscó la bandeja más grande, dispuso varios platos hondos y los llenó con todo cuanto había sobrado de la cena, acompañándolo de su pan de nueces preferido y regañás de aceite de oliva, ideales para acompañar las viandas y los cremosos y exclusivos patés.

Sus dos mejores amigos, el sofá y la mesa elevable, acogieron la pitanza con la solemnidad de las ocasiones especiales y la urgencia de la hipoglucemia, tras una siesta de dos horas. Una vez acomodado, la batamanta sobre las piernas y la cabecera de su serie preferida de Netflix sonando de fondo, se puso a manducar a dos manos, hasta que no quedó ni una miga en la bandeja. 
 
El episodio estaba a punto de finalizar, cuando se dio cuenta de que se había quedado sin regañás para los patés. Pero como el hambre es ávida y resolutiva, pensó que qué mejor que rebañar los tarros con el dedo. Éstos quedaron tan limpios, que no necesitaron ni lavavajillas. Después de acabar con el culillo de Coca-Cola de la botella y, no viendo saciada su sed, tras tanto encurtido y alimento salado, decidió abrirse una lata de Fanta de naranja para terminar de remozar toda aquella orgía de exquisiteces. 
 
Cuando se sintió tan lleno, que no podía ni respirar sin sujetarse el vientre con las manos, las tripas empezaron a hacer unos ruidos nauseabundos y perturbadores. Se estarán recolocando -caviló, mientras trataba de hacer acopio de fuerzas para levantarse del sofá-. ¡Aún faltaba el postre! La tía Emilia le había hecho su tarta preferida y estaba seguro de que había sobrado, porque él mismo se encargó de cortarla en mini porciones y de guardar el resto convenientemente. 

Puso la serie en pause y se fue para la nevera. Sí, allí estaba, detrás de las naranjas, je je je… Antes de que sonaran los acordes del siguiente episodio, una esponjosa porción de tarta de yogur griego y limón se aplastaba contra su paladar. Ummmmm… El vacío que deja un postre al acabarse, nada tiene que envidiar a la crisis existencial que experimentó dios, justo antes de decir que “todo estaba bien”. A continuación, creó al hombre y a la mujer; a él le quedaba la bandeja de los turrones y los mantecados. Allí estaba, sobre la mesa del salón, festiva, chispeante. Había sobrevivido a los envites de mayores y niños, a una estirpe de tragaldabas que harían languidecer a los ávidos comensales de los extravagantes y excesivos banquetes romanos.  

Empezó por los bombones de licor. Qué pena, la gente siempre se los deja, pensó. Así que decidió dedicarle a cada uno de éstos la parsimonia que se había ahorrado en el festín anterior, olisqueándolos con deleite, rompiendo la lámina de chocolate con sumo cuidado y libando el licor libidinosamente. Con la boca completamente embadurnada y la comisura de los labios pegajosa, se fue para las grandes olvidadas: las peladillas, que pusieron a prueba sus molares, demostrando un año más, ser los dignos descendientes de razas primitivas, capaces de desgarrar y triturar mamuts y bisontes. La lenta digestión pausaba aún más sus movimientos, reduciendo su movilidad y cuando quiso alcanzar los mantecados, tuvo que impulsarse sobre ambos reposabrazos y casi se da de bruces en el suelo. ¡Sólo quedaba uno de limón! La gente es tonta, no saben lo que se pierden. Y con la calma y la placidez de una boya anclada en aguas tranquilas, se lo colocó en la palma de la mano y lo estrujó cual increíble Hulk, metiéndoselo de un bocado y aplastándolo contra el cielo de la boca, para poder paladear la manteca horneada con todas las papilas gustativas de su lengua. 
 
A la mañana siguiente, no le abrochaban los pantalones, se sentía cansado y tenía hinchazón y flatulencias como para inflar una colchoneta para cinco personas. Su hipoteca a treinta años seguía reclamando el pago mensual, los números rojos de su cuenta tintineaban al son de Jingle Bells y el coche permanecía averiado, pendiente de pasar la ITV. En la televisión, un conocido programa de prensa rosa arrancaba con la estrella de fútbol del momento pavoneándose con sus abdominales perfectos y presumiendo de yate, mansión, relojes y coches de alta gama. 

domingo, 31 de diciembre de 2023

QUE NOS ATROPELLE UN TREN



Cambiar el mundo es muy difícil porque el cambio empieza por nosotros mismos. Basta que hagamos o dejemos de hacer lo que la mayoría de la gente hace, para que nos pase un tren por encima. Y si te parece exagerado, prueba con algo muy sencillo, vístete de forma original. Sí, intenta salirte de lo que es normativo en cuanto a indumentaria se refiere. Comprobarás cómo algo tan inofensivo e inocuo como vestir diferente, provocará en los demás una reacción inmediata, que tendrá como objetivo minar tu confianza y autoestima, para que vuelvas a vestirte como el resto. Antes de salir por la puerta, deberás “enfrentarte”, sí, enfrentarte, a tu propia familia que, con el pretexto de protegerte, intentará, “por tu propio bien”, disuadirte con apreciaciones y argumentos “razonables”, en el mejor de los casos, claro. Todo depende de cómo sea tu familia. En cuanto pongas un pie en la calle, te enfrentarás a miradas, gestos, comentarios, burlas y críticas de todo tipo, también a humillaciones y discriminación. Y sólo por vestir diferente. Ojo con los halagos envenenados, al principio, quizá no los reconozcas, pero te aseguro que, con el tiempo, te arponearán la moral y te roerán las entrañas. 
 
Ahora, piensa en quienes se hacen veganos. Puede que te parezca una nadería, pero a éstos también les atropella un tren todos los días, por el mero hecho de tener una alimentación alternativa. Cada vez que comen con sus propios familiares o amigos, siempre hay alguien que abre el debate de ‘carne sí, carne no’. Están hartos de oír los mismos chistes y las mismas frases manidas, y de que les restrieguen el jamón por las narices al grito de “no sabes lo que te pierdes”.
 
Pues bien, si esto te ha parecido fuerte, ahora piensa en las personas que tienen cualquier tipo de síndrome, trastorno, rasgo o en quienes no se ajustan a los estándares de belleza o características físicas comúnmente aceptados por la sociedad.
 
Si el mundo evoluciona es porque hay gente dispuesta a que le atropelle un tren cada día. Por suerte, siempre ha habido personas valientes, intrépidas, capaces de enfrentarse a la inercia de una sociedad adocenada, incapaz de replantearse sus ideas, dogmas o principios. Una sociedad muerta de miedo, que prefiere rezongar en las aguas inertes y seguras de lo antaño y lo conocido. Lo que lleva a la involución, y cuya mente es un frontón donde rebota todo cuanto se sale o difiere de lo inculcado o socialmente aceptado; donde cualquier tiempo pasado fue mejor y para quienes más vale lo malo conocido. Personas para quienes lo múltiple o complejo no tienen cabida. Y no cabe duda de que la atrofia de los valores embrutece el espíritu.
 
Te puedo asegurar que merece mucho más la pena que te atropelle un tren cada día, a vivir agazapado, vigilando tu plato, mirando con recelo al vecino y odiando al diferente porque ha tenido el valor de tirarse a la calle y ponerse en medio de la vía. Merece mucho más la pena que te atropelle un tren, a quedarte enrocado, añorando tiempos supuestamente “mejores”, tiempos en los que las cosas eran claras y el chocolate espeso; el pan era pan y el vino, vino. Tiempos en los que los hombres no lloraban y a las mujeres no había quién las entendiese. Tiempos en los que se estaba en misa y se repicaba y sólo el que tenía padrino tenía derecho al bautizo. Tiempos donde todo era mucho más sencillo, el humor era vertical y no existía la violencia machista, la transexualidad se circunscribía a los peligrosos márgenes de la prostitución o el travestismo, el autismo era un terrible desconocido y el síndrome de Asperger, una desgracia en la familia.

Definitivamente, merece muchísimo más la pena que te atropelle un tren, a estar muerto en vida.

viernes, 14 de julio de 2023

SEGUIR ESCRIBIENDO



Voy a seguir escribiendo, porque el atardecer es más bello junto al calor de la tinta y porque, al cerrar los ojos, arden mil historias en mis dedos. Voy a seguir escribiendo, porque prefiero la intimidad de un cuaderno, al ruido de una fiesta tumultuosa y porque, en lo más profundo, la vida no toma forma, si no es con el torno imprevisible del grafito. 

Voy a seguir escribiendo, porque la escritura es esa otra dimensión que me divide y multiplica cuando la mina se hunde en el fragor del folio. Voy a seguir escribiendo, aunque pierda autobuses, se me pasen las paradas y ese tiempo no lo dedique a otros quehaceres más rentables y lucrativos. 

Voy a seguir escribiendo, porque no existen las casualidades, porque todo cuanto me digo a través de la pluma supera con creces todo cuanto pueda decir y me ayuda a comprender al otro, por muy alejado que se encuentre. Voy a seguir escribiendo, porque es la única forma de que el tiempo se detenga, que los pájaros canten y que vuelvan las oscuras golondrinas.


Voy a seguir escribiendo, porque cada vez que lo hago, mis pies dejan de tocar el suelo, el tiempo no existe y las palabras me invitan a saltar al vacío. Voy a seguir escribiendo, porque las metáforas me conectan con el mundo, dibujando lianas invisibles y porque es la mejor manera de hacer frente a la imparable bola de nieve que es mi vida.


Voy a seguir escribiendo, cuando la escarcha de los años inmovilice mis dedos, ya no sea dueña de mi cuerpo y cuando me convierta en polvareda del camino. Entonces, lo haré con ayuda de los ángeles, desde cualquier rincón del universo.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 8 de marzo de 2023

EL DÍA QUE NO FUI A CLASE

Dedico este rimado poema a mis alumnas del nocturno.

El día que no fui a clase, se armó la marimorena, 

me tocó fregar los platos; después, preparar la cena. 


Aquel día en que falté, decidí no creer en mí,

amparándome en “amigas” que apoyaban mi desliz.

 

El día que no fui a clase, puse la tele muy alta,

me di una ducha muy fría y dormí sin poner la alarma.

 

Aquel día en que falté, estrenaban una serie que no me quería perder: 

la vida de otra persona, el sueño de otra mujer.

 

El día que no fui a clase, alguien decidió por mí

lo que tenía que comer, cómo tenía que vestir…

 

Aquel día en que falté, cambié mi primer trabajo 

por uno de 12 horas seguidas y sin descanso.

 

El día que no fui a clase, me endosaron los cuidados, 

primero vino el abuelo, el suegro, el tío Genaro…

 

Aquel día en que falté, empecé a estar mal pagada

y a desear la propina de quien de mí se apiadaba.

 

El día que no fui a clase, perdí sin saber el tren, 

ese que tanto corría: 

el tren de la libertad y el de la sabiduría.

 

Aquel día en que falté, aprendí a chapurrear, 

a mentir en el currículum y a decir “je ne sais pas”.

 

El día que no fui a clase, alguien me pagó la cena,

me pidieron matrimonio y me preñé a la primera.

 

Aquel día en que falté, las páginas de mis libros se mancharon de azafrán, 

más tarde, de lamparones de papilla y de Prozac.

 

El día que no fui a clase, aprendí a desaprender 

lo que pude haber sabido y jamás nunca sabré.

 

Aquel día en que falté, 

empecé a sentir envidia de mis otros compañeros; 

puede que ellos consigan llegar donde yo no puedo.

domingo, 22 de enero de 2023

14 DE FEBRERO

Ayer me regalaron rosas y me llevaron a cenar a la luz de las velas. Los niños se quedaron con mi madre, no sin antes prometerme que harían todos los deberes, que se cepillarían los dientes y se acostarían temprano. El camarero me llamó "señora", llenó mi copa y retiró mi plato. Luego me obsequió con una interminable lista de postres, retiró mi silla y me dejó pasar primero. 

Cuando llegué a casa, la lavadora había terminado y en el lavadero se agolpaban los platos sucios del almuerzo y el desayuno. Al meterme en la cama, el dolor y el cansancio se apoderaron de mi cuerpo. Al día siguiente, me esperaba otra doble jornada.

jueves, 1 de diciembre de 2022

DESAPARECIDOS



La primera vez que sucedió fue en un céntrico obrador de una pequeña localidad de Indiana. Una de las empleadas entró en el almacén en busca de un saco de harina de centeno. Ni el saco, ni ella regresaron. El segundo caso tuvo lugar en el otro extremo del mundo, en una lavandería. El dueño había salido a echar un pitillo, momento que aprovechó para poner el centrifugado manual. Al no regresar, la resistencia de las lavadoras terminó achicharrando la colada y un olorcillo a chamusquina inundó la acera. Ambos sucesos no tardaron en copar los titulares de los informativos locales, donde familiares descompuestos lanzaban mensajes de ayuda a la población, así como suplicantes misivas a los hipotéticos raptores. En tan solo una semana, los informativos de medio mundo ya abrían con la desaparición diaria de cientos y miles de personas. 

 

Se sabía muy poco o nada acerca del origen de las atomizaciones, que es como pasaron a llamarse las desapariciones espontáneas, después de que organismos internacionales como la ONU emitieran un insuficiente y lacónico informe, instando a los países a unir fuerzas, la única manera, si es que la había, de averiguar el motivo de las incesantes desintegraciones. La noche era el escenario, pues durante el día no se había registrado ninguna desaparición. La edad y el sexo no computaban, como tampoco la latitud, el hemisferio, el hecho de encontrarse en plena calle o en el interior de una vivienda. La atomización podía suceder en la cola de un cine, en el aseo de un restaurante o en la sala de estar de casa. Tan  variopinto podía ser el escenario, que incluso había desapariciones en televisión, en pleno directo. Bastaba que el presentador se ausentase al camerino, al pasar a publicidad, para que a la vuelta, la emisión se cancelara sin motivo alguno o éste fuese reemplazado por otro. La segunda condición era más que evidente, y es que no existía en el mundo ni una sola persona que reconociese haber presenciado dicho acontecimiento. Las volatilizaciones sucedían siempre a escondidas del ojo humano, lo que hacía el asunto aún más desconcertante.

 

Este hecho pronto caló en la consciencia colectiva. Así, cualquier persona, desde el momento que perdía de vista a un ser querido, debía enfrentarse al riesgo, altamente probable, de perderlo para siempre. Bastaba un simple pestañeo o trasladarse a otra habitación. Lo que llevó a las personas a vivir en un estado de atención y de vigilancia permanente. Parques, colegios y guarderías contaban con desapariciones un día sí y otro también. Los padres se negaban a separarse de sus hijos y establecían turnos para dormir. Bastaba un leve descuido, para que la nada tomase el lugar del lecho de una cunita o el hueco cálido de un confortable moisés. Era como para volverse loco. Los enamorados vivían un drama indecible, protagonizando lacrimógenas despedidas en plena calle. Los niveles de estrés se dispararon, así como el consumo de bebidas con cafeína y todo tipo de excitantes. Nadie quería dormir, estaba en juego la vida.

 

Los más ávidos pronto encontraron la forma de rentabilizar la dramática y desconcertante situación y, haciendo gala de un oportunismo procaz, se crearon las empresas de ‘vigilancia intensiva’, con personal especializado en velar por los intereses de los seres queridos. Con  eslóganes como “nosotros estamos despiertos por ti”, pronto se hicieron imprescindibles y no había familia que no contara con los servicios de una de estas empresas. A pesar de los esfuerzos constantes, las volatilizaciones se sucedían sin interrupción y el mundo menguaba en población.

Los años pasaron, (…) sin que los científicos encontrasen la forma de detener las desapariciones; tampoco sabían decir a donde iban a parar los desaparecidos. Y cuando el mundo se había acostumbrado a la nueva normalidad y a vivir en el presente como si fuese lo único seguro que tenían, las atomizaciones cesaron. 

EL BELÉN

  —Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...