Vistas de página en total

viernes, 17 de septiembre de 2021

LA HISTORIA DE DON DEMETRIO

Ya no hay quien hable con los aguaceros, ni alma capaz de atrapar palomas con susurros de poeta

Don Demetrio acunaba pájaros y mecía tempestades. Desde su torre de barro contemplaba el mundo, hablaba con los vientos y conversaba con el frío, las nubes, los aguaceros. Eran sus manos dos sombras huidizas y sus pies, charcos de lluvia estancada. Guardaba Don Demetrio los libros de su infancia, la que lo clavó a una cama de hierros desquiciante. Versaban sus páginas sobre historias quijotescas, cuentos sobrenaturales, caperuzas rojas, dientes de conejo y gallardos mayordomos vestidos de etiqueta. Trenzaba Don Demetrio cadenetas de trigo que empapaba en leche para las palomas, su única afición conocida.


Nació el viejo del palomar una noche de tormenta, entre trombas de agua, riadas y crecidas. Su cuerpo entumecido inquietó a los médicos, que bendijeron su destino con un tijeretazo. De haber nacido en la ciudad, lo habrían confundido con un ave extraña o con un tullido. Pero el niño del diluvio pronto abandonaría la cuna para asomarse al cielo y hablar el lenguaje secreto de los pájaros. Contando para ello con la complicidad de las corrientes, que acunaban su morada, cuajando su destierro con abrazos de rocío, goterones de cariño y riadas de ternura. Era Don Demetrio una anomalía a los ojos de un mundo que pasa de puntillas por la belleza. Un lunático de libro, que encadena arcoíris y acumula atardeceres plomizos.


Una mañana incolora, ya lo suficientemente senil como para no despertar suspicacias, culminaría la obra para la que fue bendecido, y tras contemplarse con alas vaporosas, terminó desplomándose en su atrio de losas dameadas, rodeado de canalones, fuentes de agua estancada, nenúfares disecados, témpanos de ámbar. 


Dicen que algunas almas nacen con vocación de pájaro y consagran su vida a los seres de Ícaro. Luego están los otros, aquellos para quienes su vida consiste en trabajar ocho horas entre cuatro paredes, reproducirse, pagar la renta, exigir aquello que les corresponde y llegar a fin de mes con brillo de latón en los bolsillos, para luego morir en hospitales, asediados por cables y gentes con bata blanca. 


Ya no hay quien hable con los aguaceros, ni alma capaz de atrapar palomas con susurros de poeta. Ahora la vida es comprada, prestada o impuesta, y los hijos de Ícaro no son más que tullidos sociales, parias de un sistema que desprecia la belleza. Os habéis preguntado ¿por qué desaparecen los nidos del invierno? ¿Por qué huyen las cigüeñas de los campanarios y las gaviotas de las playas? ¿Por qué los gorriones abandonan las cornisas y las palomas se dejan atropellar por los coches?

jueves, 26 de agosto de 2021

LA RISA DE DON DALMIRO



Nadie pensó que Don Dalmiro terminaría muriéndose de la risa. Se había pasado la vida refunfuñando, despotricando, metiendo cizaña, azuzando a unos contra otros y quejándose absolutamente por todo. Era bien conocido su carácter agrio, su rictus contrariado, la palabra “ejem” siempre en su boca, el entrecejo fruncido, su mirada airada, sin contemplaciones. Tenía Don Dalmiro una facilidad pasmosa para aguar fiestas, sabotear armisticios, buscarle los tres pies al gato y ver la parte negativa de todas las cosas. Por no hablar de su obsesión por considerar al otro su enemigo y ver envidias y conspiraciones donde no las hay.

 

En la junta de vecinos, éste ocupaba siempre el mismo asiento, desde donde se encargaba de propagar, como la pólvora, el mal rollo y la crispación. Así, más pronto que tarde, Don Dalmiro explotaba y su dedo índice dibujaba puntos en el aire, como el que presiona un botón que no funciona. “Me niego”, solía prorrumpir, henchido de indignación. El presidente de la comunidad tenía en Don Dalmiro un hueso duro de roer y su impertinencia a menudo minaba los proyectos más innovadores y las iniciativas más valientes por parte de la junta de vecinos, como el de hacer una piscina en la azotea del bloque o plantar orquídeas en el rellano central del edificio. Durante la pandemia de la Covid, a nadie le extrañó que Don Dalmiro se negase a ponerse la mascarilla, encabezara caceroladas o decidiera unirse al movimiento negacionista, liderado por Miguel Bosé.

 

Era su pobre familia la gran damnificada, debido a su carácter belicoso. Ésta se hallaba dividida, peleados unos con otros y hacía años que no se reunían ni por Navidad. La última vez que lo hicieron, el ambiente se caldeó tanto, que terminaron llegando a las manos y tuvo que venir la Policía. Ésta, tras ver el percal, pensó que lo mejor era esposarlos y llevárselos a todos a comisaría, donde Don Dalmiro se dedicó a despotricar contra los agentes del orden al grito de "¡esto con Franco no pasaba!".

 

No era de extrañar que la cuerda se rompiese tarde o temprano por algún lado. Sucedió una tarde de primavera, con ocasión de la visita al barrio de una compañía de teatro que representaba su obra en plena calle, para animar así a los barrios a consumir cultura, sin comprometer la salud del vecindario. Don Dalmiro, que sentía un indisimulado desprecio por el género escénico y por quienes lo ejercen, que él calificaba de titiriteros y perroflautas, se vio obligado a presenciar la obra, ya que ésta tenía lugar justo en frente de su terraza, convirtiéndose, sin comerlo ni beberlo, en un improvisado espectador de honor.

 

La tragicomedia fue acogida con gran alborozo por la comunidad, que veía en este gesto la oportunidad de asistir a un espectáculo en vivo, cansados ya de tantas series de Netflix y de tanto confinamiento. Las risas y las escenas hilarantes se sucedieron una detrás de otra y el público se puso en pie en repetidas ocasiones, aplaudiendo los gags, anécdotas y chascarrillos con gran alegría y alborozo. Los personajes eran tan peculiares y los diálogos estaban tan bien hilados, que cuando acabó la obra, la gente se quedó con ganas de más. Como era de esperar, la ovación duró más de lo previsto y los actores tuvieron que prometer a los vecinos que volverían al año siguiente a representar otra obra nueva frente a sus balcones.

 

Pero a la mañana siguiente, el estupor se adueñó del barrio. Un perito, un médico forense y dos agentes se personaron en el apartamento de Don Dalmiro, que abandonó el edificio en una camilla, cubierto por una sábana blanca. Un repentino infarto de miocardio fue la causa oficial de su muerte, según los forenses. Sin embargo, hay vecinos que aseguran haber visto a Don Dalmiro desternillándose de la risa, hasta el punto de que se le veía la campanilla desde la calle.

 

viernes, 13 de agosto de 2021

GUSTO CON SARNA NO PICA

Crecí creyendo que debía vestirme de rosa y jugar con cocinitas y muñecas

 

Me enseñaron a coser, a bordar, a hacer punto, crochet, vainica. Labores muy meritorias con las que no podría ganarme la vida. Desde muy pequeña, me educaron para agradar y servir, instándome a ser prudente, discreta, dócil. Pero sobre todo, a ser útil en el hogar.


Era aún menor, cuando me matricularon en la Universidad de la limpieza, donde debía sacar la mejor nota en dejar las superficies brillantes, los quemadores relucientes y las camas sin la más mínima arruga. Mis asignaturas eran lavar, fregar y desinfectar. Al principio, hacer la colada se me resistió y en más de una ocasión me quedó para septiembre. Limpiar sobre limpio y adecentar lo que la suegra no ve, eran algunas de las consignas de esta rigurosa y nada prestigiosa Facultad, donde también me instaron a no esperar demasiado de mí misma y a no tener otras aspiraciones que el ganarme una impecable reputación: si decían que era muy 'apañada', significaba que estaba en el buen camino.


La carrera no fue nada fácil, pues cualquier tropiezo echaba por tierra mi fama de muchacha hacendosa, lo que suponía volver a la casilla inicial. Repetí muchas veces curso y fui sancionada y reprendida tantas veces como tiras tiene el mocho de mi fregona, ya que siempre había alguna estantería con polvo, un espejo empañado o un vaso mal enjuagado. "¡Que el estropajo no muerde!", me apremiaban cuando me veían desfallecer. 


No era propio de una muchacha como dios manda, hacer valer su opinión, eso sólo lo hacían las descaradas, las que naufragaban en el mar del desprecio, la deshonra y la vergüenza. A cambio, debía sentirme satisfecha por tener la casa limpia y recogida, vestir acorde con mi condición, dejarme fusilar por los piropos y encontrar novio en tiempo récord, no fuera a quedarme solterona o para vestir santos. 


Tras pasar por el altar, debía buscar un hijo en menos que canta un gallo (si lograba encargarlo durante la luna de miel, mejor que mejor), no se me fuese a pasar el arroz y luego me arrepintiese de no haberlo tenido. Además, como los niños son la alegría de una casa y dan tantas satisfacciones, no era cuestión de perderse todo ese alborozo. Pasada la cuarentena, debía ir a por la parejita, más que todo, para que el primogénito no se quedase solo. Luego, podría permitirme el lujo de ir a por el tercero, pues nunca se sabe, formando parte de la categoría 'familia numerosa', un sueño solo al alcance de unas cuantas afortunadas. Porque una propone, pero solo Dios dispone.


Recién casada, mis únicos desvelos consistían en recibir a mi marido a mesa puesta, la vajilla de mi suegra bien colocada y el mantel (bordado primorosamente con nuestras iniciales), bien planchado y sin una sola mancha. A continuación, me sentaba a esperar el veredicto de punto de sal, con las manos en el regazo. El pobre venía tan cansado del trabajo, que no tenía ni fuerzas para contestarme y se limitaba a balbucear entre mascullidos. Así que terminé volviéndome una experta en leer los movimientos de su mandíbula. Verlo engullir casi sin masticar, ratificaba mi trabajo bien hecho y el punto de sal perfecto. Salvo con la paella, era imposible hacerla como la de mi suegra. 


Mis desvelos se multiplicarían por mil conforme mis retoños fueron viniendo al mundo. Mi casa no volvió a estar tan limpia como antes y esperar el veredicto del punto de sal dejó de estar entre mis prioridades. Los niños crecieron a la velocidad del rayo, estudiaron idiomas, se sacaron una carrera, se emanciparon y encontraron un trabajo estable. Mientras que yo, a pesar de las noches sin dormir y de las interminables jornadas, de no saber lo que es una siesta ni unas vacaciones; a pesar de los desvelos, de las idas y venidas al pediatra, al logopeda, al dentista, los deberes, las academias, las actividades extraescolares… Tras renunciar a mis propias aspiraciones y haber desatendido mi vida conyugal, descuidado mi físico, tener celulitis hasta en las cejas y un cansancio acumulado que me ha acarreado insomnio, ansiedad y fatiga crónica. Todavía, me veo en el deber de decir que me siento realizada, que gusto con sarna no pica y que ser madre es lo mejor que me ha pasado en la vida.

jueves, 29 de julio de 2021

COSAS QUE ME HACEN VOMITAR

Me hace vomitar la caridad mal entendida, el volver a lo de antes, mirarse el ombligo y culpar a los demás de sus propios fracasos. Me hace vomitar el victimismo del verdugo y la revictimización de las víctimas. El plagio, el cinismo, la autosuficiencia. Oír frases como “soy el mejor” o “no me gusta perder ni a las canicas”. Me hace vomitar la gente que minimiza los méritos de los demás, mientras se atribuyen los que no tienen, y los que proyectan en el otro sus propios complejos. 

Me hacen vomitar los que hablan de las adolescentes como si fuesen furcias, lolitas, seres perversos y lujuriosos que no buscan más que satisfacer sus propias obsesiones. Me hacen vomitar el porno, los prostíbulos y la cultura del sexo con todos sus fetiches: atuendos de caperucita, secretaria sexy, enfermera calentorra... Me hace vomitar la hipersexualización de las niñas y de las adolescentes, para el deleite lascivo de un patriarcado libidinoso, juicioso y babeante. Me hace vomitar el "no hay mujer fea por donde mea"; “algo habrá hecho” o “¿quién la habrá mandado meterse en un portal con cinco tíos?”. 

Me hace vomitar la ineptitud y la inacción de las instituciones, de los jueces y de la gente de la calle ante los casos de abuso, la normalización de estos casos y el blanqueamiento sistemático por parte de los medios. Me hace vomitar que se replanteen derechos fundamentales como el aborto, y que la violencia machista, el racismo y la homofobia ahora estén en entredicho y haya partidos políticos en nuestras instituciones que apoyen y difundan estas opiniones y que los medios le den cabida. Me hace vomitar que no se condenen con contundencia los delitos de odio, los abusos de poder y la incitación a la crispación en momentos convulsos como una pandemia o una crisis migratoria. 

Me hacen vomitar los bulos y las fake news, que atentan contra los derechos de las minorías, la igualdad ante la ley y la no discriminación. Me hace vomitar la envidia, la falta de solidaridad y la palabra 'empatía', siempre en boca de quienes no la ejercen. Me hace vomitar la ignorancia osada y la que se jacta de serlo, que los medios le den coba, la empoderen y que nos la restrieguen en horarios de máxima audiencia ("yo nunca me he leído un libro, pero tengo derecho a opinar igual que tú). 

Me hace vomitar la banalización de la cifra de las mujeres asesinadas a manos de sus parejas, el cuestionamiento y la estigmatización que se hace de las víctimas y los constantes bulos acerca del feminismo, que pululan por grupos de wasap y demás redes sociales. Me hace vomitar la insignificante cantidad de denuncias falsas (0,007%), ocultada, manipulada y engrosada por quienes niegan esta infame pandemia social. Y me hace vomitar la inmodestia, el postureo y la 'pluralidad' mal entendida, que no es más que el caballo de Troya, llamado a dinamitar nuestro Estado de Derecho y todo lo que nos ha costado sudor, sangre e historia conseguir.  

 

sábado, 24 de julio de 2021

LA CITA DE ELENA


Cuando puso el pie en el acelerador, sabía que se dirigía a la cita de su vida. Llevaba sus pendientes preferidos y aquellas cuñas de esparto color cámel, que guardaba para una ocasión especial. Borgoña en los labios y un toque de rímel daban la chispa a un atuendo sencillo a la par que semicasual. 

A Elena no le gustaban las citas a ciegas, pero ésta tenía la impronta de las cosas que suceden por mediación divina. Aquélla resplandecía como un arcoíris esponjoso en medio de un páramo solitario. Hacía dos años que había enviudado de forma repentina. Su compañero de vida dejó de serlo la misma noche lluviosa en que decidió pasarse el límite de velocidad en una curva algo más cerrada de la cuenta. La incredulidad hizo que el primer año se le escurriese como un pez entre los dedos, dando paso a una autocompasión aciaga y pegajosa, que la asediaba y perseguía como una maldición, en forma de niebla fina, persistente. 
 
Vendrían más días de lluvia y noches sin luna, en los que Elena rememoraba, sin quererlo, aquel volantazo en seco del destino. Hasta que un día, la esperanza se coló, como una mariposa, en el buzón. Un acrónimo publicitario fue el encargado de atizar los rescoldos de la ilusión, de depositar en ella aquella posibilidad, aquel bendito escalofrío, que dibujaría globos en sus ojos y rosas en sus manos. 
 
Así fue cómo Elena empezó su búsqueda, que en vez de ser desesperada y angustiosa, se reveló serena y expansiva. Los días nublados dieron paso a los anaranjados y un sol de mañana comenzó a abrigarle el alma, a caldear sus pasos. Juró no desfallecer, ni venirse abajo, si fracasaba en el intento. Si tenía que ser, sería. Una hermosa tranquilidad la invadía en aquel empeño, fruto de la confianza en la vida y la certeza de que estaba en el camino correcto. Así fue cómo germinó en ella la ecuanimidad, que aplicaba a todas las piedras que encontraba en el camino, que aprendió a transformar en oportunidades. Confiar, confiar y confiar; a pesar de que al universo siempre le guste jugar sus cartas, era el reto. Su paz interior sería la tierra fértil que albergaría la semilla de un sueño. Una actitud que le permitió medir y sopesar, con acierto, cada uno de sus pasos, dejando a merced del destino una porción de aquel intento y un trocito de aquel anhelo, de ese deseo desbordante que la anegaba. 
 
Todo se hacía diminuto frente al esperadísimo encuentro, para el que llevaba preparándose toda una vida. Hasta que el día llegó. Se lo dijo aquel corazón dibujado en el calendario, la pertinente llamada, ese último detalle sobre la almohada. Estaba preparada para conocer a la persona que le cambiaría la vida para siempre
 
Su cita no era como las demás, ésta se había hecho de rogar, como todo lo bueno en la vida. Un enjambre de campanas la arrancó de aquel estado de somnolencia, haciendo temblar cada átomo de su cuerpo, cuando una voz le susurró: “Todo ha ido bien. Ha sido niña”.
 
 

domingo, 14 de marzo de 2021

EL BANQUETE DE DON SEGISMUNDO



Llevaba don Segismundo doce horas de caminata y veinte kilómetros en el cuerpo. El día en que decidió aparcar sus Martinelli y dejarlo todo para emprender una ruta gastronómica al mismísimo corazón del río Duero, con el secreto anhelo de reencontrarse con sus raíces castellanas, no pensó que en su primera andadura terminaría desprendiéndose de sus botas todoterreno, las que se ponía los raros días libres que le dejaba su trabajo de director de ventas en una conocida empresa inmobiliaria. Pero la tenacidad de los guijarros y la humedad de las vaguadas y repechos de la Castilla profunda habían desgastado y taladrado sus suelas, hasta dejarlas como papel de fumar. 

 

Se encontraba en el tramo final de su primera jornada, y la posada donde había reservado pensión y fonda, a través de una conocida aplicación, se hallaba a tan solo un kilómetro, que deshizo con la avidez que da el hambre y la ligereza de unos pies desesperados. Muy cerca estaba el albergue, donde esperaba darse una ducha caliente, antes de dirigirse al restaurante y degustar los platos de la tierra.

 

Al llegar al umbral de la fonda, típicamente castellana, que daba a un patio central cubierto de hiedra y siemprevivas, un pungente aroma a cocina de leña lo hizo detenerse y entornar los ojos. De repente, tenía ocho años y espiaba a su abuela, que atizaba los rescoldos de una chimenea de piedra. Recordaba, como si fuese ayer, aquellos chisporroteos, la mano temblorosa de la anciana acunando aquel perol y unos huevos blancos como las cumbres del invierno, retozando y bruñéndose al contacto con el aceite. Era pura magia. Cincuenta años lo separaban de aquel recuerdo, que le hacía salivar desde algún rincón de su consciencia.

 

Cuando abrió los ojos, formidables bandejas plateadas, colmadas de huevos fritos con patatas, cruzaron por delante de él para posarse en las mesas de los hambrientos comensales. “Tripa vacía, corazón sin alegría”, pensó mientras se dejaba conducir por un camarero, que localizó su reserva en el ordenador. Al minuto siguiente, estaba sentado en una de aquellas mesas con manteles de lino y cubertería de alpaca, al lado de una crepitante chimenea, frente a una copa de Ribera del Duero y una humeante canasta de pan de pueblo, elaborado con masa madre. Los huevos fritos con pimientos del Padrón no tardaron en llegar. Éstos lo hicieron con ese secreto sigilo que tienen los reencuentros, las historias de hijos pródigos y las rutas de peregrinación. Aquello no era el Camino de Santiago, pero la aventura de recuperar una niñez perdida nada tenía que envidiar al noble propósito de encontrarse con el Apóstol. Aquel plato era el trasfondo de una infancia remota, en la que sus días tenían forma de hogaza y sus noches eran níveas como las gachas de su abuela. 

 

Vivir lejos de su tierra natal lo había alienado de sí mismo, de aquel aroma y de aquel disfrute. El detonante: un aciago diagnóstico médico que le pronosticaba un máximo de dos años de vida, con suerte. El desenlace: aquella aventura hecha de agua y piedra, de aire y monte. Aquella primera y extenuante caminata lo había conducido hasta la gloria. Ahora estaba frente a aquellos huevos. Se hallaba a punto de saborear aquel recuerdo que había permanecido al abrigo del tiempo, de las tardes grises de su ciudad, de las horas, días, años entre las cuatro paredes de una oficina, enganchado a una agenda tiranizante. 

 

Con tácita voracidad, hundió la punta del cuchillo en aquel enjambre meloso. El coulant ambarino no opuso resistencia y una lava anaranjada anegó el plato de loza, antes de ser atrapado por un codicioso cuscurro de pan de miga esponjosa. Una ristra de pimientos del Padrón eran la compañía perfecta, éstos parecían un batallón de regulares dispuestos en orden de combate. “Sí, señor”, parecían decir al unísono, al tiempo que Don Segismundo los ensartaba uno a uno para después introducírselos enteros en la boca, masticándolos con indisimulada tragonería, como había visto hacer a los críticos de cocina en un conocido programa de televisión.

 

Y cuando creía que aquel deleite llegaba a su fin, llegaron refuerzos o más bien, el broche de oro. ¿Cómo había podido olvidarse del postre? Peras al vino de la Ribera del Duero era la especialidad de la casa y don Segismundo no quería quedarse sin saber cómo sabía aquella receta familiar que dibujaba sobremesas de domingo y mesetas verde ocre en sus pupilas. Allí estaban, colándose por su pituitaria, con ese saber estar de los ingredientes que han nacido para complementarse, maridarse, fundirse. Aquellos senos, embadurnados en vino y caramelo, representaban la voluntad del hombre por crear con sus propias manos lo sublime, por superarse y conectar con la parte más excelsa y noble de la materia prima. Un fruto tan humilde como la pera “blanquilla”, coronando aquel plato con la apostura y la soberbia de la mejor versión de sí misma. El dameado contraste de la presentación y una suerte de hilos de oro negro, resultado de reducir la sangre de Cristo con el azúcar, terminaron de dar carácter divino a aquella composición.

Aunque servidas con tenedor y cuchillo, quería don Segismundo notar el peso de la breva en su mano. Ésta le temblequeó al asir uno de aquellos senos. Recreándose en su voluptuosidad, recordó la primera caricia de su madre, su primer beso, el primer llanto de su primogénito. Fue entonces que bendijo aquella poma de nieve bañada en vino y caramelo, con la solemnidad de las cosas sagradas y sencillas. Y justo cuando la melosa y arenosa carne del fruto se aplastó contra su paladar, don Segismundo exhaló su último suspiro.

viernes, 22 de enero de 2021

EL MURO

Dolores siempre caminaba con la cabeza muy alta, a pesar de que sobre ella tenía un gigante que amenazaba con aplastarla. Una conocida fábrica del Parque Tecnológico era su lugar de trabajo. Su puesto, el de limpiadora. Contaba la compañía con una plantilla de más de quinientos trabajadores, dispuestos en estructura piramidal. En rango de responsabilidad, estaban los empleados de base, administrativos y operarios; y en las categorías superiores, estaban los jefes de zona y los directivos de planta. Dolores, a pesar de pertenecer al  escalafón básico, al igual que la mayoría de operarios, éstos no la consideraban de su misma categoría. Hecho que ella aceptaba con resignación y el ánimo de llevar un sueldo a casa.

 

Gustaba a Dolores coincidir con don Antonio, que ataviado con su bata blanca de inspector de planta, solía saludarla con cortesía, al tiempo que le preguntaba por la familia. Con los operarios de su mismo rango, la relación era de una cordialidad indiferente, con tintes de una altivez tácita y displicente. Hasta un ciego podía ver  el muro invisible que separaba ambos mundos. Acarrear una fregona y un cubo no era lo mismo que llevar un cúter, un soldador o aporrear el teclado de una computadora. 

 

Sus propios compañeros habían construido una barrera insalvable, un peldaño sobre el que auparse, erigirse y sentirse superiores. Menospreciar el trabajo de las mujeres de la limpieza, que se daban los mismos madrugones que ellos, que tenían por encima a los mismos jefes que ellos y realizaban un trabajo igual de digno, les otorgaba la facilidad consuetudinaria de sentir que tenían poder sobre ellas. No en vano, sus propias madres y abuelas habían estado al servicio de la casa, de la familia y de ellos mismos durante generaciones. Dolores y sus compañeras tenían tan asumido aquel desnivel y aquel desequilibrio de poder, que llegaron a convencerse de que su labor, en comparación con la del resto de empleados, era poco meritoria e incluso deshonrosa. "Estudia o terminarás limpiando escaleras como yo", era el consejo que salía siempre de su boca. Una realidad y una conformidad amarga, que Dolores vestía de humildad, buen humor y una disponibilidad a prueba de imbéciles y sabelotodo.

 

Al ser una veterana, recordaba como si fuese ayer el día en que ascendieron a don Federico, para los que lo conocían de antes, Perico a secas, como el ciclista. Quién iba a decir, con lo perdido que anduvo aquel primer año, que terminaría siendo la mano derecha del jefe de zona. Ahora llevaba una estilográfica Parker en el bolsillo de su bata y se permitía bromear con los operarios novatos. La edad y antigüedad de Dolores le permitía acordarse también del temido don Rafael, mucho tiempo antes de que éste entrase a formar parte de la fábrica. Vecino de su mismo pueblo, era el hijo de Paca, la frutera del mercadillo. De niño, su madre lo llevó a un médico de Granada porque no crecía lo suficiente y de adolescente, le dio por escaparse de casa. Al final, se quedó en el metro y medio. No quería estudiar y míralo dónde está. Pensaba Dolores, al verlo pasar con su flamante bata, el flequillo engominado y sus lustrosos Martinelli. 

 

Los años pasaron y mientras que muchos de sus compañeros hacían lo imposible por darse importancia, Dolores pasaba su vigorosa fregona por todos y cada uno de los rincones de la que consideraba su fábrica, con la secreta esperanza de que algún día sus hijos trabajasen al otro lado del muro.

 

EL BELÉN

  —Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...