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viernes, 31 de diciembre de 2021

CRÓNICA DE UNA OPOSITORA

Dedico esta crónica a mis compis de academia, que me han acompañado en esta afanosa aventura


Me quedaban cuatro minutos para dirigirme al tribunal y entregar el examen para el que llevaba año y medio preparándome y por el que había sacrificado tiempo, esfuerzo, noches en vela y los pocos ahorros que me quedaban. No me podía quejar, en las bolas me habían tocado dos de los temas que llevaba. Y en el práctico, un texto hermoso y fluido, que no me había dado grandes problemas de comprensión. 

Sin embargo, en vez de estar corrigiendo las faltas de ortografía y enumerando las hojas, estaba atascada y con los ojos clavados en el borrador, que era un batiburrillo de anotaciones, garabatos y tachones. Había interpretado la lectura “a mi manera”, método que siempre me daba buenos resultados. Tras subrayarlo profusamente, había desmenuzado la belleza de aquellos párrafos que hablaban por sí solos: la sensibilidad femenina y una niña atrapada entre dos vidas, que logra escapar al mundo de los sueños. No tardé en elaborar una gradación adjetival, seguida de una contraposición de imágenes y un hilo coherente, que hilvanara una intención por parte de la autora. Lo había logrado, mi borrador estaba repleto de anotaciones,  pero en la hoja del examen apenas había escrito un párrafo de cada cuestión, y por si fuera poco, no había manera de rematar la tercera pregunta.

No debí dejarme la parte práctica para el final. He dedicado demasiado tiempo al tema y como el comentario de texto no esté a la altura, no me harán nota media y habré suspendido. Tenía que concluir la parte práctica como fuera, encontrarle un final a aquel desbarajuste, un broche de oro a la altura del texto, de lo que se esperaba de mí, de todo el tiempo invertido en realizar comentarios de texto. ¡Qué te gusta un comentario de texto, friki, que eres una friki! Un párrafo final digno de mi magnífico bolígrafo, regalo de una amiga que había depositado más fe en mí que yo misma. 

La clase se queda vacía, pero los miembros del tribunal son amables y no me dicen nada. Se dedican a grapar y a guardar folios en sobres para luego depositarlos en cajas de cartón. El tiempo se me acaba y ninguna de las preguntas elegidas han sido desarrolladas lo suficiente, siento que me he quedado corta. Encima, son tan ambiguas, que no sé si lo que he contestado es lo que realmente me piden. Tanto estudiar para esto, tantas mañanas y tantas tardes clavada a una silla, encadenada a una pizarra y a unos apuntes resumidos, subrayados y esquematizados hasta la extenuación. Un ejemplo más, y otro ejemplo, y otro… (porque el más mínimo detalle puede marcar la diferencia). Que por ejemplos no quede. Y un tema más, y otro, y otro... Luego el dinero invertido. Aquel crédito que cayó como del cielo a la semana de morir la perrita. Nos lo ha mandado ella, le dije a mi Manolo, agradecida por aquel golpe inesperado de la suerte. 

Llegó un momento en que no sabía ni en qué rincón de mi casa poner el huevo. Primero aborrecí la mesa del salón (si no se me clavaba la silla en la espalda, era la mesa en las costillas); luego le tomé tirria al sofá (me dejaba baldada y encima me costaba concentrarme). A veces me sentaba en medio del pasillo con mi Lady en el regazo. Con el buen tiempo, me espatarraba en la terraza, embadurnada en aceite de Monoï (si suspendo, por lo menos me llevo un bronceado). La mirada se me iba de los apuntes a las macetas. “Juro que cuando haga este examen, quemaré los apuntes y ¡¡¡no volveré a mirarlos en mi puta vida!!!”. 

¿Quién me ha robado el mes de abril? Me preguntaba, mirando el cielo azul o siguiendo con la mirada a algún transeúnte. Míralo, que feliz va aquel de allí, seguro que no tiene que presentarse a unas oposiciones. No como yo. ¡Mira que eres desgraciá! Hace un año estabas en pleno desconfinamiento, tan feliz de la vida, y ahora mira, en menuda te has metido. No sé cómo te las arreglas, que siempre terminas escogiendo el camino más difícil, 25 plazas para toda Andalucía, menudo derroche. “Necesito nuevos retos, rock and roll, salir de mi zona de confort”. Si es que te gusta sufrir, pedazo de masoca. Pues ahí tienes reto y de los gordos. 

Tras el autocompadecimiento venía la fase motivadora, y en esto ya digo que tengo cayo y horas de carretera. Venga, Susi, y lo bien que te vas a quedar después, cuando hayas salido de este túnel. Después, te vas a comer el mundo. Por no hablar de los conocimientos que estas adquiriendo, que te vendrán genial para las clases. Ya sabes lo que dicen, que el saber no ocupa lugar. Además, esto tiene que rejuvenecer, niña. ¿Quiénes estudian? Los jóvenes. Pues eso. Disfruta el proceso y piensa que es un privilegio poder estudiar a los 48 años. Cuando deberías estar pensando ya en tu jubilación o en el porvenir de tus hijos, ahí estás, como una chiquilla, empollando más que en Selectividad.

Pensabas que no ibas a tener tiempo para estudiar, entre las academias y las demás clases, pero ¿qué hizo Dios? (siempre atento a tus plegarias). Pues que nos mandó una pandemia mundial, para que no tuvieses excusa. Susi, que estás llamada a ser profe de instituto, a cambiar el mundo. Tú que nunca creíste en ti lo suficiente, que aquello para lo que estabas llamada te venía tan grande. Díselo a la niña y a la adolescente que fuiste, cuéntaselo, no te creerá, te dirá que se trata de otra. Ella sigue allí, en Parque Virginia, escuchando a Michael Jackson y bailando en el salón. Tendiendo la lavadora, limpiando la cocina o sentada delante de la tele con la caja de costura en el regazo.

1 de Julio de 2021. Hoy publican las notas y los peores augurios pululan por redes y grupos de Wasap. En Comunidades vecinas han aprobado poquísimas personas y se ha filtrado que en el tribunal de Málaga, de 89 presentados, solo han pasado 11 y que la nota más alta es un 6. Enciendo el ordenador con más ganas de terminar con esta lenta agonía que por saber el resultado, pero es imposible acceder, la página está colapsada. En el Wasap de la academia, mis compañeros comunican los primeros resultados. No me lo puedo creer, son suspensos. Espera, también hay gente que ha aprobado. “Lo siento”, “enhorabuena”, son los mensajes que escribo a mis compañeros mientras llamo a mi Manolo para que me lo mire él desde el trabajo. En menos de un minuto recibo un pantallazo con mi nota. Al principio no la entiendo, no veo palabra alguna que me indique si he suspendido o he aprobado. Se lo reenvío a mi profe que enseguida me manda un audio: “¡¡¡Que sí, chochona, que has aprobado!!!”.

 

viernes, 19 de noviembre de 2021

UNA MOCIÓN DE CENSURA

Algunos de los personajes son ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales será pura coincidencia o producto de su imaginación.



Cuando se supo que el exdignatario moriría en el transcurso de dos meses, periodistas del mundo entero solicitaron entrevistas privadas con el octogenario. Revistas y periódicos pugnaban por conseguir la exclusiva y los programas de televisión emprendieron una carrera sin cuartel. Como era de esperar, Mediared puso a sus mejores directivos al frente del proyecto, ya que si la cosa salía bien, los beneficios serían ingentes. Francisco Emmanuel Márquez sería el encargado de presentar la gala en la que se emitiría la entrevista y Dakota Correveidile de amenizar el debate tras la emisión. El Programa de Amapola Pinzana por su parte, ya estaba moviendo hilos para enviar a la mismísima presentadora al domicilio del expolítico, extorero y acaudalado empresario, que un tiempo llevara las riendas y los intereses de España “con mano de hierro y corazón de capote”, como lo definiera Antonio Burgos. “El toreador de la política”, como lo apodó Carlos Herrera, asiduo a sus capeas privadas, vivía en su lujosa villa marbellí desde que se retirara del mundo político, que no del mediático, ya que con alta frecuencia gustaba opinar sobre los asuntos de actualidad, haciendo constar lo mal que iba su país con el gobierno de turno, con apreciaciones furibundas que siempre encontraban eco entre sus incondicionales. 

 

Enjuto, de baja estatura y rostro ceñudo y escueto, el exmandatario tenía el carisma que da el poder y la osadía pertinaz e insolente del cinismo. Cualidades imprescindibles para cualquier político que se precie. Con hijos y amantes a partes iguales, gustaba fotografiarse cada verano junto a su amada esposa en el porche de su residencia veraniega, rodeado de su prolija descendencia. Evento que era acogido como agua de mayo por la prensa y reproducido en gacetas, folletines y periódicos, que veían en este posado un consumado acto de generosidad y un gesto de cercanía y campechanía sin igual. Lo que provocaba que las nuevas generaciones soñaran con imitar, consciente o inconscientemente, esta idílica estampa familiar, viva representación del éxito, la tradición y el poderío. 

 

La esposa del presidente torero, treinta años más joven y de un país latinoamericano, gustaba posar con Borja Cayetano de todos los Santos, el benjamín, sobre sus rodillas. Flamante, sonriente, recatada. Asidua en los mercadillos solidarios, puntual en las misas solemnes y requerida en los eventos más exclusivos de la sociedad española, la “potra venezolana”, como aún la llamaban en su país, ponía un contumaz esmero en ocupar un segundo plano, así como en llevar zapato plano cuando acompañaba a su marido. No era cuestión de empequeñecer a su esposo, un hombre extraordinario que había sabido ver en ella a su olma perfecta, a la madre de sus hijos y a la esposa, rescatándola de la estrechez de una vida mediocre.

 

La muerte inminente del popular expresidente había caído como un jarro de agua helada en un país donde las pandemias, las erupciones volcánicas, el paro y la violencia machista hacían mella, dividiendo a una sociedad hastiada, tan plural como dividida. Nunca una entrevista había suscitado tanta expectación. El moribundo expresidente sabía que sus palabras serían reproducidas en los noticieros del mundo entero, que en las redes sociales no se hablaría de otra cosa y que la prensa de su país cerraría filas en torno a él, en vista de su delicado estado y de tan luctuoso desenlace. Era la ocasión perfecta para “morir matando” -como le gustaba decir a él-, el descabello perfecto.

 

Si todo salía según lo previsto, su anunciado óbito catalizaría las crispaciones de su país y su postrera entrevista estaría llamada a ser historia de España, conminando a familias enteras frente al televisor, como antaño. Él tan solo tendría que prender la mecha y los medios se encargarían de amplificarla y propagarla. Los “dóberman de las redes”, como gustaba llamar a sus followers de Twitter, expertos en crear bulos y en fabricar fake news, azuzarían a las masas, lo que facilitaría y provocaría las presiones de las bases sobre los partidos. Después, vendría la admisión a trámite, el debate de censura, la votación pública por llamamiento y finalmente, la cláusula de castigo. 

 

El expresidente se dispuso a ocupar su sitio en el almuerzo, tras repasar la estrategia con su gabinete de confianza y con ayuda de su inseparable bastón de mando, recuerdo de sus inicios como alcalde en un popular municipio de la costa andaluza, una reliquia de palo de haya con el águila de San Juan tallada en la empuñadura. Fue el personal de servicio el encargado de acomodarlo en uno de los extremos, presidiendo una abundante pitanza compuesta por un entrante de productos ibéricos (regalo de un conocido exministro), perdices a la toledana, codornices en escabeche, centollo al horno, huevos rotos con cabrito en pepitoria y cochinillo lechal, su plato favorito. 


El expresidente y exmatador que "domó al público" y tuvo la osadía de autoproclamarse "el número uno", cercenó la carne del cochinillo lechal con un plato de loza, que arrojó al suelo, adoptando una de sus famosas poses toreras. Tradición que gustaba cumplir, siempre que estaba rodeado de su gabinete de confianza, que él llamaba su cuadrilla. Tras ser vitoreado y aplaudido por sus obsequiosos y aviesos comensales, el longevo anfitrión se sirvió vino, para a continuación, prorrumpir con un proverbial y no menos conmovedor discurso:

Muy señores míos. Falta tan sólo un mes para que hagamos historia, historia de España. (Aplausos...) Una moción de censura dará paso a un nuevo gobierno de coalición en nuestro país, un gobierno encabezado por mi partido, nuestro partido. (Aplausos...) Llamado a restablecer la cordura de un país a la deriva. Recuperaremos los valores de antaño y pondremos fin al libertinaje, al vicio y a tanta permisividad. (Aplausos…) Una maniobra maestra que me conferirá estatus de mártir y carácter divino. El primer mártir torero de la historia, la faena perfecta. 

—¡¡¡Por el nuevo Cristo Rey!!!

Gritaron todos a una, alzando sus copas.

 

Al día siguiente, una noticia en los sucesos conmocionaría a todo un país: “Muere el expresidente a los ochenta y cuatro años de edad, atragantado con una loncha de jamón”. DEP.



(La primera frase del texto está inspirada en Higiene del asesino de Amélie Nothomb). 

lunes, 1 de noviembre de 2021

EL HOMBRE DE LA CARPETA

Este poema habla de los verdugos, que el sistema ampara y protege.




El hombre de la carpeta

lleva sombra en los bolsillos,

rencor en el corazón

y ego en el dobladillo.

Amigo del brillo fácil,

henchido de abogacía

y de oficio inexistente,

viene y va a comisaría.

Gran paseador de folios

tan vacíos e impolutos,

competente en la calumnia,

pequeño, débil, astuto,

frecuentador de juzgados,

en virtudes diminuto.

Sin alma ni vocación,

por su garganta camina

una serpiente de cieno,

por su boca un tiburón

que solo expulsa veneno.

Torturador consumado,

mafioso de la moral,

hábil en la treta fácil 

y en vender a los demás.

Oficiador de montajes,

veterano en difamar,

gran llorador y cobarde,

perito en martirizar

y cobrador de exclusivas

donde goza el humillar

y machacar sin recato

con saña y rapacidad.

Impío, ruin, retaco,

envarado en la codicia

y en el rédito barato,

amparado en la justicia

y en el periodismo beato.

Poco hombre y mucho folio

tan blancos como la tiza,

tan vanos como su odio,

su mezquindad e impudicia.

Intrépido en la mentira,

utilizador de hijos,

martirizador de madres

y en llamarse sin recato

algo que le viene grande

compuesto por cinco letras

con un cheque por delante.

Si algún día se lo encuentra

cambie de acera y de calle.

domingo, 24 de octubre de 2021

EL AJUAR DE EMILIANA


Aunque no lo pareciese, Emiliana era la viva imagen de la Dolorosa. Una fina espada atravesaba su cuerpo, de arriba abajo, desgajando sus órganos, causándole heridas invisibles y dando paso a hematomas que no dejan rastro. La sangre le brotaba a borbotones cada vez que veía a Antonio, su novio de juventud.

 

Emiliana se había construido una fortaleza a la medida de su secreto. Cada día acudía al mercado con su capazo de mimbre y esa punzada de piedra en la mirada. Serena, pedía la vez, contaba los céntimos del monedero, oteaba el género y acariciaba puerros y nabos con la languidez mortífera de los hábitos aprendidos. Una vez por semana, acudía a misa matinal y algunas mañanas, tomaba café con Manoli y Mari Carmen, que la ponían al día de los últimos cotilleos del pueblo, hablando animadamente del nuevo programa de Bertín en Canal Sur o de lo baratas y buenas que estaban las picotas de la frutería de la esquina.

 

De vuelta a casa, le esperaba la lavadora, dispuesta a centrifugar sus sueños y disolver las manchas difíciles, producidas por la inercia, la desidia o el descuido. Las tareas del hogar eran el antídoto perfecto, la forma de auto regalarse una vida segura, predecible y alejada de los altibajos febriles del enamoramiento. El amor con mayúsculas y sus puñales voraces ya no apuntaban al corazón. La facilidad de una vida cómoda había anestesiado a la adolescente que una vez se paseara desnuda por el sueño de una noche encendida y una arena cómplice y vibrante. La practicidad de la vida doméstica tomó el lugar que un día ocupara aquel delirio, aquella incertidumbre deliciosa, que un día la hizo caminar por el abismo de un volcán, el mismo que amenazara con engullirla y aniquilarla.

 

Clavada como una astilla, quedaba aquella tarde aciaga. Su mejor amiga le tomó la delantera y ni corta ni perezosa, se acercó a Antonio y lo invitó a dar un paseo, con la excusa de buscar coquinas en las rocas. Un descuido imperdonable, una escaramuza que la arrojó a un abismo de silencio e hizo estallar el volcán, cuya lava sepultaría su corazón para siempre.

 

Con ayuda de un bastón, Emiliana sube las angostas escaleras que conducen a la habitación de los trastos, con intención de poner orden en la buhardilla del recuerdo. Sigilosa, se detiene en cada peldaño para recuperar el aliento y un tenue olor a sal la invade al llegar a la estancia. Al sentarse ante el viejo baúl, comprueba que había olvidado cerrarlo con llave. Fue abrirlo y allí estaban: la cajita de hilos, las sábanas del Burrito Blanco, los manteles bordados a punto de cruz. Cudeca vendría a primera hora y debía tenerlo todo listo. Al desocupar los enseres, atisba, al fondo del todo, un frasquito de cristal, éste contiene arena de playa. En su interior, doblado con ahínco, un trozo de papel se abre entre sus manos como una camelia. No es más que un intento de poema, una erupción en forma de octosílabos. Emiliana acaricia las runas de lápiz que un día manaron de aquel volcán y las mismas manos que hace un rato pelaban patatas y tendían la ropa, arden de amor al perderse por la caligrafía. 


A la mañana siguiente, nadie acudió a abrir la puerta, por más que la  aporrearon, la ropa tendida no fue recogida y un buen puñado de patatas se echaron a perder sobre la encimera de la cocina.


 

viernes, 17 de septiembre de 2021

LA HISTORIA DE DON DEMETRIO

Ya no hay quien hable con los aguaceros, ni alma capaz de atrapar palomas con susurros de poeta

Don Demetrio acunaba pájaros y mecía tempestades. Desde su torre de barro contemplaba el mundo, hablaba con los vientos y conversaba con el frío, las nubes, los aguaceros. Eran sus manos dos sombras huidizas y sus pies, charcos de lluvia estancada. Guardaba Don Demetrio los libros de su infancia, la que lo clavó a una cama de hierros desquiciante. Versaban sus páginas sobre historias quijotescas, cuentos sobrenaturales, caperuzas rojas, dientes de conejo y gallardos mayordomos vestidos de etiqueta. Trenzaba Don Demetrio cadenetas de trigo que empapaba en leche para las palomas, su única afición conocida.


Nació el viejo del palomar una noche de tormenta, entre trombas de agua, riadas y crecidas. Su cuerpo entumecido inquietó a los médicos, que bendijeron su destino con un tijeretazo. De haber nacido en la ciudad, lo habrían confundido con un ave extraña o con un tullido. Pero el niño del diluvio pronto abandonaría la cuna para asomarse al cielo y hablar el lenguaje secreto de los pájaros. Contando para ello con la complicidad de las corrientes, que acunaban su morada, cuajando su destierro con abrazos de rocío, goterones de cariño y riadas de ternura. Era Don Demetrio una anomalía a los ojos de un mundo que pasa de puntillas por la belleza. Un lunático de libro, que encadena arcoíris y acumula atardeceres plomizos.


Una mañana incolora, ya lo suficientemente senil como para no despertar suspicacias, culminaría la obra para la que fue bendecido, y tras contemplarse con alas vaporosas, terminó desplomándose en su atrio de losas dameadas, rodeado de canalones, fuentes de agua estancada, nenúfares disecados, témpanos de ámbar. 


Dicen que algunas almas nacen con vocación de pájaro y consagran su vida a los seres de Ícaro. Luego están los otros, aquellos para quienes su vida consiste en trabajar ocho horas entre cuatro paredes, reproducirse, pagar la renta, exigir aquello que les corresponde y llegar a fin de mes con brillo de latón en los bolsillos, para luego morir en hospitales, asediados por cables y gentes con bata blanca. 


Ya no hay quien hable con los aguaceros, ni alma capaz de atrapar palomas con susurros de poeta. Ahora la vida es comprada, prestada o impuesta, y los hijos de Ícaro no son más que tullidos sociales, parias de un sistema que desprecia la belleza. Os habéis preguntado ¿por qué desaparecen los nidos del invierno? ¿Por qué huyen las cigüeñas de los campanarios y las gaviotas de las playas? ¿Por qué los gorriones abandonan las cornisas y las palomas se dejan atropellar por los coches?

jueves, 26 de agosto de 2021

LA RISA DE DON DALMIRO



Nadie pensó que Don Dalmiro terminaría muriéndose de la risa. Se había pasado la vida refunfuñando, despotricando, metiendo cizaña, azuzando a unos contra otros y quejándose absolutamente por todo. Era bien conocido su carácter agrio, su rictus contrariado, la palabra “ejem” siempre en su boca, el entrecejo fruncido, su mirada airada, sin contemplaciones. Tenía Don Dalmiro una facilidad pasmosa para aguar fiestas, sabotear armisticios, buscarle los tres pies al gato y ver la parte negativa de todas las cosas. Por no hablar de su obsesión por considerar al otro su enemigo y ver envidias y conspiraciones donde no las hay.

 

En la junta de vecinos, éste ocupaba siempre el mismo asiento, desde donde se encargaba de propagar, como la pólvora, el mal rollo y la crispación. Así, más pronto que tarde, Don Dalmiro explotaba y su dedo índice dibujaba puntos en el aire, como el que presiona un botón que no funciona. “Me niego”, solía prorrumpir, henchido de indignación. El presidente de la comunidad tenía en Don Dalmiro un hueso duro de roer y su impertinencia a menudo minaba los proyectos más innovadores y las iniciativas más valientes por parte de la junta de vecinos, como el de hacer una piscina en la azotea del bloque o plantar orquídeas en el rellano central del edificio. Durante la pandemia de la Covid, a nadie le extrañó que Don Dalmiro se negase a ponerse la mascarilla, encabezara caceroladas o decidiera unirse al movimiento negacionista, liderado por Miguel Bosé.

 

Era su pobre familia la gran damnificada, debido a su carácter belicoso. Ésta se hallaba dividida, peleados unos con otros y hacía años que no se reunían ni por Navidad. La última vez que lo hicieron, el ambiente se caldeó tanto, que terminaron llegando a las manos y tuvo que venir la Policía. Ésta, tras ver el percal, pensó que lo mejor era esposarlos y llevárselos a todos a comisaría, donde Don Dalmiro se dedicó a despotricar contra los agentes del orden al grito de "¡esto con Franco no pasaba!".

 

No era de extrañar que la cuerda se rompiese tarde o temprano por algún lado. Sucedió una tarde de primavera, con ocasión de la visita al barrio de una compañía de teatro que representaba su obra en plena calle, para animar así a los barrios a consumir cultura, sin comprometer la salud del vecindario. Don Dalmiro, que sentía un indisimulado desprecio por el género escénico y por quienes lo ejercen, que él calificaba de titiriteros y perroflautas, se vio obligado a presenciar la obra, ya que ésta tenía lugar justo en frente de su terraza, convirtiéndose, sin comerlo ni beberlo, en un improvisado espectador de honor.

 

La tragicomedia fue acogida con gran alborozo por la comunidad, que veía en este gesto la oportunidad de asistir a un espectáculo en vivo, cansados ya de tantas series de Netflix y de tanto confinamiento. Las risas y las escenas hilarantes se sucedieron una detrás de otra y el público se puso en pie en repetidas ocasiones, aplaudiendo los gags, anécdotas y chascarrillos con gran alegría y alborozo. Los personajes eran tan peculiares y los diálogos estaban tan bien hilados, que cuando acabó la obra, la gente se quedó con ganas de más. Como era de esperar, la ovación duró más de lo previsto y los actores tuvieron que prometer a los vecinos que volverían al año siguiente a representar otra obra nueva frente a sus balcones.

 

Pero a la mañana siguiente, el estupor se adueñó del barrio. Un perito, un médico forense y dos agentes se personaron en el apartamento de Don Dalmiro, que abandonó el edificio en una camilla, cubierto por una sábana blanca. Un repentino infarto de miocardio fue la causa oficial de su muerte, según los forenses. Sin embargo, hay vecinos que aseguran haber visto a Don Dalmiro desternillándose de la risa, hasta el punto de que se le veía la campanilla desde la calle.

 

viernes, 13 de agosto de 2021

GUSTO CON SARNA NO PICA

Crecí creyendo que debía vestirme de rosa y jugar con cocinitas y muñecas

 

Me enseñaron a coser, a bordar, a hacer punto, crochet, vainica. Labores muy meritorias con las que no podría ganarme la vida. Desde muy pequeña, me educaron para agradar y servir, instándome a ser prudente, discreta, dócil. Pero sobre todo, a ser útil en el hogar.


Era aún menor, cuando me matricularon en la Universidad de la limpieza, donde debía sacar la mejor nota en dejar las superficies brillantes, los quemadores relucientes y las camas sin la más mínima arruga. Mis asignaturas eran lavar, fregar y desinfectar. Al principio, hacer la colada se me resistió y en más de una ocasión me quedó para septiembre. Limpiar sobre limpio y adecentar lo que la suegra no ve, eran algunas de las consignas de esta rigurosa y nada prestigiosa Facultad, donde también me instaron a no esperar demasiado de mí misma y a no tener otras aspiraciones que el ganarme una impecable reputación: si decían que era muy 'apañada', significaba que estaba en el buen camino.


La carrera no fue nada fácil, pues cualquier tropiezo echaba por tierra mi fama de muchacha hacendosa, lo que suponía volver a la casilla inicial. Repetí muchas veces curso y fui sancionada y reprendida tantas veces como tiras tiene el mocho de mi fregona, ya que siempre había alguna estantería con polvo, un espejo empañado o un vaso mal enjuagado. "¡Que el estropajo no muerde!", me apremiaban cuando me veían desfallecer. 


No era propio de una muchacha como dios manda, hacer valer su opinión, eso sólo lo hacían las descaradas, las que naufragaban en el mar del desprecio, la deshonra y la vergüenza. A cambio, debía sentirme satisfecha por tener la casa limpia y recogida, vestir acorde con mi condición, dejarme fusilar por los piropos y encontrar novio en tiempo récord, no fuera a quedarme solterona o para vestir santos. 


Tras pasar por el altar, debía buscar un hijo en menos que canta un gallo (si lograba encargarlo durante la luna de miel, mejor que mejor), no se me fuese a pasar el arroz y luego me arrepintiese de no haberlo tenido. Además, como los niños son la alegría de una casa y dan tantas satisfacciones, no era cuestión de perderse todo ese alborozo. Pasada la cuarentena, debía ir a por la parejita, más que todo, para que el primogénito no se quedase solo. Luego, podría permitirme el lujo de ir a por el tercero, pues nunca se sabe, formando parte de la categoría 'familia numerosa', un sueño solo al alcance de unas cuantas afortunadas. Porque una propone, pero solo Dios dispone.


Recién casada, mis únicos desvelos consistían en recibir a mi marido a mesa puesta, la vajilla de mi suegra bien colocada y el mantel (bordado primorosamente con nuestras iniciales), bien planchado y sin una sola mancha. A continuación, me sentaba a esperar el veredicto de punto de sal, con las manos en el regazo. El pobre venía tan cansado del trabajo, que no tenía ni fuerzas para contestarme y se limitaba a balbucear entre mascullidos. Así que terminé volviéndome una experta en leer los movimientos de su mandíbula. Verlo engullir casi sin masticar, ratificaba mi trabajo bien hecho y el punto de sal perfecto. Salvo con la paella, era imposible hacerla como la de mi suegra. 


Mis desvelos se multiplicarían por mil conforme mis retoños fueron viniendo al mundo. Mi casa no volvió a estar tan limpia como antes y esperar el veredicto del punto de sal dejó de estar entre mis prioridades. Los niños crecieron a la velocidad del rayo, estudiaron idiomas, se sacaron una carrera, se emanciparon y encontraron un trabajo estable. Mientras que yo, a pesar de las noches sin dormir y de las interminables jornadas, de no saber lo que es una siesta ni unas vacaciones; a pesar de los desvelos, de las idas y venidas al pediatra, al logopeda, al dentista, los deberes, las academias, las actividades extraescolares… Tras renunciar a mis propias aspiraciones y haber desatendido mi vida conyugal, descuidado mi físico, tener celulitis hasta en las cejas y un cansancio acumulado que me ha acarreado insomnio, ansiedad y fatiga crónica. Todavía, me veo en el deber de decir que me siento realizada, que gusto con sarna no pica y que ser madre es lo mejor que me ha pasado en la vida.

EL BELÉN

  —Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén? —Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición. —¿Y eso qué es? —¿El qué? —Esa palabra que...