De nuevo en el pasillo de mi futuro rodeada de sillas agujereadas y puertas cómplices, que se abren y se cierran, custodiando la vida, dando la intimidad y la tregua necesaria. Hasta llegar hasta aquí, he dejado un rastro de esperanza y me he dejado conducir por protocolos extenuantes, que mis pechos han sabido amortiguar con la dignidad silenciosa de lo que es bello y generoso por naturaleza. "Acércate y pon el brazo aquí, levanta la cabeza, relaja los hombros, no respires…". En un segundo, una máquina traída del espacio retrata el sueño de una manzana dorada, codiciada por el lobo del tiempo. Nadie ha visto el pánico brotar de mis pupilas, ni un silencio enloquecedor trepar por mis piernas. Oigo mi nombre y el tiempo y el espacio se encuentran, cediéndose el paso. Una estrella fugaz cruza el cielo y un serafín me deja un sobre aterciopelado. Son los labios de una sanitaria los encargados de dar forma a la frase perfecta: "Puedes i
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martes, 30 de julio de 2019
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