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miércoles, 4 de julio de 2018

FORASTERO


Sentado a mi lado, su silueta dibujaba en mi pupila una languidez inusitada y en el asiento su espalda, ligeramente echada hacia delante, le daba aspecto de gladiador urbano recién salido de la ducha o del gimnasio de la vida. Una tenue fragancia a Hugo Boss me hizo entornar los ojos, que se perdieron en algún punto del vagón. Su piel despedía la turbadora y oscura fragancia de lo desconocido y entre su asiento y el mío se acomodaba el peligro y la pueril y ancestral batalla de la inocencia y la experiencia, esa daga insolente que se hunde en el corazón y te deja desgarrada para siempre. En cuestión de segundos fui el animal que sueña con sus ancestros, con una sabana tierna y ebria de rocío abriéndose a mi paso y miles de espigas ciñendo mi cintura en una primavera furtiva, indecorosa, arrebatadora... reencarnando la fusión atávica entre dos culturas, dos mundos imperfectos, el veneno y el antídoto, la nada y el todo… Volví la cabeza pero ya no estaba, debió bajarse en su parada.


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