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sábado, 28 de noviembre de 2020
EL CONSUELO DE DON FULGENCIO
domingo, 1 de noviembre de 2020
EL PERGAMINO ESCARLATA
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| Fuerte de la Concepción. Aldea del Obispo (Salamanca) |
Cerró los ojos, tratando de imaginar su lugar de destino, una villa cuyo nombre era un remanso de piedra, sobriedad y silencio, preñado de leyendas. Aldea del Obispo era un municipio taladrado por la historia, cruzado por corceles y batallado y trabajado a partes iguales por caballeros andantes y labriegos, salpicado de caserones y ermitas de piedra, donde el clamor afilado del viento se enroca por recovecos y pilares. En esto estaba, meciendo su barba breve y cobriza, cuando recordó de nuevo la advertencia: “por lo que más quiera, amigo, procure llegar antes de que anochezca”. Había visto algo al fondo de aquella mirada, habría jurado que se escondía algo terrible, inconfesable. Dormía un monstruo ensangrentado en aquellas pupilas, una historia de piedra yacía en el secreto temblor de aquellos ojos sabios.
El taxi en el que viajaba era cómodo, disponía de calefacción centralizada y el taxista había sido atento, metiendo el equipaje en el maletero y abriéndole la puerta para que entrase. Una vez acomodado, parecía dispuesto a mantener una conversación amena y distendida. Qué más podía pedir. Pronto dejaron atrás el paisaje urbano y sus pupilas se llenaron de las huellas y los caminos de otro tiempo, de un silencio glauco, donde la planicie usurpa el corazón a zarzas y matorrales. Diciembre se apoderaba del paisaje, desnudando las ramas de los olmos y embarrando los caminos. Pronto percibió que el viento era el único habitante de aquellos parajes y que se adentraba en las mismas gargantas del invierno, en un paisaje impasible, implacable, aniquilado a fuerza de mañanas bajo cero y tardes de estío.
Al pasar junto a una pequeña ermita, vio cómo los cristales se empañaban y el conductor callaba para siempre, como calla la lluvia cuando cesa, como calla la vida cuando ésta es reclamada por una sombra con guadaña. Sus preguntas se quedaron en el aire, arañando el vaho de las ventanas en un torpor siniestro, tan irrespirable como la neblina que tapizaba los cristales. Ya no sabía si el coche se hallaba o no detenido en medio de aquella nada.
La vetusta ermita parecía guiarles a través de la niebla o más bien aspirarlos, deglutirlos. “Procure llegar antes de que anochezca”. Sintió una súbita punzada de abandono, de nostalgia por su compañero de vuelo. Añoraba su conversación sosegada, su talante sereno, aquel trayecto entre las nubes. Ahora se hallaba en los infiernos, su compañero de viaje ya no era aquel conductor solícito y elocuente, se había transmutado y no pertenecía a este mundo. El coche no hacía ruido, las ruedas ya no giraban, ahora flotaba y se abría paso como un navío entre las aguas oscuras de un bosque de bruma impenetrable. Buscó un cigarrillo, como postrero ademán de refugiarse en gestos rutinarios que le devolvieran algo de humanidad a lo que ya no era humano. Pero sus miembros, devorados por un torpor invisible, ya no obedecían las órdenes de su cerebro. La mano velluda y gigante del taxista, sobre la palanca de velocidades, era una hogaza siniestra, un animal, un licántropo salido de un sueño salvaje y montaraz. Quiso mirar la hora, pero la esfera de su reloj se había quedado en blanco, como si la hubiesen vaciado. “Procure que no se le haga de noche por el camino”. Aquel embajador de la muerte, aquel arcángel maldito llevaba siglos apostado, esperando aquel momento. Un desliz, un descuido. El mismísimo lucifer sin máscara, ni guantes, ni voz aterciopelada. Hosco, ladino, letal. Sus ojos estaban por todas partes, desorbitados, encendidos. Sus hombros eran colosales, deformes, grotescos. Sus fauces eran las de una bestia huraña y hambrienta. Había visto aquel camino en las esquinas de las callejuelas oscuras, en la parábola siniestra de aquella fábula, en el final perverso de aquel cuento de su infancia.
Cae la noche en una deshabitada aldea de Salamanca. En el claustro de la ermita un nombre de varón prorrumpe como una maldición. Después, silencio. Tan solo el viento sin ojos, ni boca, ni cuerpo acude a la llamada, golpeando con furia los cristales. Desde entonces, dicen que el camino sinuoso de la ermita amanece asediado por una bruma nívea, impenetrable, y que un alarido sobrenatural hace palidecer los brezos y las jaras, celadores de un pergamino maldito, escrito con sangre, perdido en la niebla, que envilece a quien lo encuentra y convierte en alabastro a aquél que osa abrir sus páginas.
sábado, 24 de octubre de 2020
ANÓNIMA
En el colegio, el ave desconocida tomaba la forma de serpiente al acecho del mínimo gesto que le confiriera identidad, presencia. La mancha crecía al mismo tiempo que su cuerpo, a lo ancho y a lo largo, dejando claro que había venido para conquistar hasta el último centímetro de su piel. De adolescente, Alfonsina ya sabía que su sino estaba condicionado por aquel angioma descomunal y grotesco y, por miedo al rechazo, desarrolló una conducta huraña y retraída.
Hoy Alfonsina vive al final de una calle con su nombre y todas las ventanas de su apartamento dan al mar, donde acude cada día a calmar la sed de su angustia. Sobre la mesa camilla reposa una máquina de escribir, su única relación conocida. El chico de la editorial y su cuidadora son las únicas personas que han franqueado su puerta. Éstos aseguran que allí no vive nadie.
En cada librería hay un asiento libre en su honor, sus libros copan las estanterías de las bibliotecas de medio mundo y las olas del mar dejan cada día botellas de cristal con poemas en su nombre.
sábado, 19 de septiembre de 2020
EL RELOJ DE SAMANTHA
Samantha no sabía que dentro de 24 horas se olvidaría de lo sucedido. Su repentina enfermedad volvía locos a los médicos. Con tan sólo 31 años, su agenda se había llenado de citas y notas inconexas, descuidos, lapsus, lagunas. Aquella mañana, frente al médico, una terrible palabra trocó en mármol la imagen en movimiento de su vida. Ésta iría acompañada de un adjetivo paralizador: “degenerativo”. Nadie está preparado para encajar este tipo de cosas, pero a veces la vida te proporciona la dosis justa de dolor y de placebo, y tiempo para desenterrar el hacha de la resignación. Samantha se acababa de sacar la carrera y estaba deseando encontrar un trabajo, ganar su propio sueldo, viajar e irse a vivir con Juan, el chico que desde hacía un año dibujaba una sonrisa de niña traviesa en su rostro.
Pero la memoria, ese reloj silencioso que habita en alguna parte de nuestro cerebro y al que nos asimos en nuestro paso por la vida, le tenía preparada una emboscada. Hay relojes rebeldes, que se amotinan, que se rebelan, el de Samantha simplemente se batía en retirada, había dejado de oír el eco que nos devuelve lo vivido. Comenzó a coger el metro de forma compulsiva, a comprar artículos que no necesitaba, a tomarse más cafés de la cuenta, a visitar una y otra vez la misma exposición de pintura o de fotografía, a extasiarse frente a las mismas obras de arte y a hacerse las mismas preguntas. A veces se sorprendía a sí misma en lugares insólitos o sorprendentes, calles cuyos establecimientos, parques y plazas la hacían sentirse extranjera. Cada noche se iba a la cama con la impresión de haber vivido una gran cantidad de nuevas experiencias y de haber conocido personas y lugares diferentes. Hasta que llegó el día en que empezó a ver un punto negro en la frente de la gente, un punto que se hacía cada vez más grande y que le decía que algo no iba bien. Empezaron a darle pavor las personas que la trataban como si la conociesen de toda la vida.
El no retener las experiencias le hacía vivir cada minuto como el primero de su vida, lo que le confería una vitalidad infantil que la hacía conducirse de manera atolondrada. En su bolsillo siempre terminaba encontrando un trozo de papel doblado con unos datos, junto a un número de teléfono, y un muchacho solía acudir a su encuentro. Éste la abordaba nervioso y con cualquier excusa, trataba de ganarse su confianza. De vez en cuando, le contaba la historia de una chica que había conocido, la cual tenía una enfermedad extraña que le hacía olvidar cada día lo vivido. Pronto el mundo se le quedó demasiado grande y su familia no tuvo más remedio que buscarle un lugar para vivir donde estuviese vigilada y atendida las veinticuatro horas. Samantha, de vez en cuando se negaba a hacer lo que le decían, pero el olvido diario le hacía imposible albergar rencor o remordimiento. Las buenas experiencias tampoco se acumulaban, por lo que se veía condenada a vivir eternamente en el presente.
Hasta que una mañana, un prolongado beso la despertó. Al abrir los ojos, un hombre de rostro desconocido la miraba con ternura y la cara inundada de lágrimas. Samantha cerró sus ojos para siempre, entrando en un coma profundo.
Juan nunca la podría olvidar.
domingo, 9 de agosto de 2020
COSAS QUE SE DICEN CON UN GIN TONIC II
Cipri, que se nos va el Rey!!! Que España se va a la mierda, que nos van a invadir los independentistas, los inmigrantes, los vagos y maleantes, los maricones, las lesbianas, los negros y las feministas. No es justo, ya nadie se acuerda de lo que hizo durante la transición, un hombre tan íntegro, que lleva España en la sangre. Toda la culpa la tiene la rubia, la alemana esa, la Corinna. Él, de lo único que es culpable es de enamorarse como un niño de una elementa, que ahora lo ha traicionado por despecho. Menuda pájara, ¿cómo puede valer la palabra de cualquier mujerzuela más que la de un Rey? ¿Qué se puede esperar de una mujer, Cipri? Si es que no traen na bueno. Lo ha engatusado, le ha sacado todo lo que ha querido y después de tenerla en palmitas, como a una reina, va y lo traiciona. Es que esto no se puede aguantar, Cipri, ¿hasta dónde vamos a llegar?
Y ahora, pues no van y se escandalizan porque la familia Real de España es una de las más ricas del mundo. Normal, ¡para eso son reyes, coño! Si ellos no tienen, ¿quién va a tener, el muerto de hambre de mi vecino? Que si poseen propiedades por todo el mundo, yates, palacios, mansiones… pues claro, para eso son reyes, es normal que reciban regalos, donaciones y comisiones millonarias. Si es lo que yo digo, Cipri, España no está preparada para un Rey como el que tenemos. ¡Qué campechanía, qué manera de señorear y de llevar el nombre de España por el mundo! ¡Y qué tiempos aquellos en los que Don Juan Carlos surcaba los mares a bordo de El Bribón! ¡Qué clase, qué saber estar! Dime qué país tiene un rey como el nuestro, regatista, cazador, buen seductor, buen comedor, con una amante en cada puerto. ¡Coño, español, como dios manda! Y el pedazo de familia que ha apañao el gachó, otra cosa no será, pero la descendencia la tiene asegurada. Venga niños y venga nietos. Como buen machote, coño!!! Y a bien que le han salido feos, todos altos, rubios y con los ojos azules, como tiene que ser. La juventud de ahora no tiene ni idea de lo que ha hecho nuestro monarca, este país se ha llenado de izquierdosos que no hacen más que criticar a nuestra Familia Real. ¿Y lo que liaron con el yerno?, que no pararon hasta verlo entre barrotes. A Urdangarín le sacaron lo que no está escrito, que si tenía empresas pantalla, que si tenía negocios fraudulentos, que si cobraba retribuciones por ser miembro de la Familia Real, que si la trama de los prostíbulos… Qué manera de sacarle mierda al muchacho, yo no sé lo que les ha quedado por inventar.
¿Tú sabes lo que pasa, Cipri?, que en este país hay mucho muerto de hambre, eso es lo que pasa, y los izquierdosos están deseando que pase cualquier cosa para quitar la monarquía de en medio y repartirse ellos el dinero, los palacios y las propiedades. No hay más que ver al coleta, ¿desde cuándo un político de izquierdas, greñudo como es el Pablo Iglesias ese, se puede permitir un casoplón con piscina, Cipri? Esto es el mundo al revés, Cipri. A dónde vamos a llegar… Un Rey como Don Juan Carlos, con sangre azul, tan emérito, tan gallardo, que se viste por los pies, en el disparadero por culpa de una fulana. Una institución como la monarquía a los pies de los caballos, dando explicaciones de lo que gana, de lo que tiene, de lo que hace con el dinero, y un tipo como el coleta, de Vicepresidente. Pero yo te digo una cosa, Cipri, como desaparezca la monarquía, me voy del país.
Cucha, yo me apuesto lo que sea a que la nuera ha metido mano para que se sepa todo. A mí la Letizia esa nunca me gustó un pelo. Desde aquel día en que mandó callar al príncipe, yo supe que no traería na bueno. Sin sangre azul, divorciada, con un abuelo taxista… y encima con estudios. Ahí tenéis a la sabionda, es tan lista que se os ha subido a la chepa. Si es que la mujeres son una cosa mala, una ruina. Eso sí, otra cosa es la Reina Sofía, ¿qué me dices de la Reina, Cipri? ¡Qué saber estar! ¡Qué discreción! ¡Y qué tragaderas! Ya no hay mujeres así, que aguanten todo. Reina, madre y esposa. Una mujer de su casa, de sus hijos, de sus nietos. En un segundo plano, siempre un paso por detrás, para no quitarle protagonismo a su esposo, como tiene que ser. ¿Tú has escuchado alguna vez hablar a la Reina, Cipri? ¿A que no? La que sí que habla es la nuera, la periodista. Ésta habla más que el marido. ¿Tú no te has dado cuenta, Cipri? Si lo tiene atontolao. ¿No has visto cómo va? Lo lleva como una marioneta.
Cucha, Cipri, ¿qué te pasa?, que te has quedao traspuesto, estás como embalsamao. Ya sé que hace mucha calor, pero todo el rato ahí empatarrao, en la misma postura, te van a salir geranios en los huevos. Trae pacá el gin tonic, Cipri. Cipriiiiiiii !!!!!
viernes, 31 de julio de 2020
DIECIOCHO LUNAS DE ALBA
Colmando el aire de besos, de abrazos invisibles.
Todos queríamos acunarte y tú reinabas grandiosa,
regalando al mundo tu danza irresistible.
No hizo falta oír tu llanto, para entender tu mensaje
de amor, de gozo, de lluvia. Cambiaste tantas cosas,
tu baile, tus vaivenes, mecidas y achuchones.
Tu condición inquieta, volátil e irascible
gritaba al mundo lo hermosa y sensible que eras.
Llenabas los silencios con ruidos intangibles,
vaciabas los armarios, los cuadros, los altares.
Recuerdo tus pestañas ruidosas, colosales,
tu carne nacarada, tus bucles de sirena,
de emperatriz invicta, besada por el rayo.
y hoy cumples dieciocho, creciste como un sueño.
Caminas de puntillas por calas tumultuosas,
por lunas tan enormes, por mundos tan pequeños.
sábado, 25 de julio de 2020
QUIENES NOS CUIDAN
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Sin embargo, ¿tenemos la sanidad que nos merecemos?
Para empezar, es la política la que no está a la altura de la Sanidad y los cuidados, un sector altamente invisibilizado (16 millones de personas trabajan 8 horas al día gratis). La mejor jornada laboral de un político no se puede comparar con la de un trabajador/a cualquiera del ámbito de la salud. Poner una inyección, establecer un diagnóstico o lavar y cambiar la cama a un paciente es mucho más importante que lo que hacen muchos de nuestros políticos. No olvidemos que durante esta luctuosa pandemia, mientras los muertos se contaban por cientos cada día y permanecíamos confinados, una parte de la clase política se ha dedicado a hacer campaña, siendo incapaces de coordinarse y tender puentes para sacarnos del atolladero.
A menudo damos por sentado el sistema sanitario que tenemos, porque no conocemos otra cosa y porque estamos acostumbrados a llegar y topar, a entrar por la puerta de Urgencias y que nos tomen nota, a pedir cita para una consulta o para el especialista, a que nos receten cualquier medicamento que necesitamos, etc. Desde que tengo uso de razón, nos quejamos de las listas de espera y de la falta de camas. Sí, nuestro sistema sanitario está colapsado y lo va a seguir estando, porque para que no lo estuviese, tendríamos que cambiar muchas cosas, empezando por nosotros mismos. No nos engañemos, contratar a personal y hacer hospitales es caro, nuestro sistema sanitario es costoso. Señores, lo bueno es caro, hay que pagarlo y lo hacemos con nuestros impuestos. Nos acercamos al meollo del asunto, y es que el dinero ensucia y pervierte todo cuanto toca. Éste hace que el mundo gire, como decía Liza Minelli, pero los cuidados no pueden depender de la ganancia, el beneficio y la rentabilidad. Es decir, no podemos tratar al sector como a cualquier otro de ámbito comercial, sujeto a la oferta y la demanda o al libre mercado, porque NO ES LO MISMO VENDER MELONES, QUE SALVAR VIDAS. Cuando un sector como el sanitario se capitaliza, corre el riesgo de deshumanizarse, y éste y la educación deberían ser intocables, establecerse unos mínimos innegociables, inmunes a los altibajos y las crisis. Es más, es la economía la que tendría que estar al servicio de lo humano. A la vista está el desastroso resultado de la privatización y los recortes que se ha traducido en masificación y el 76% del personal sanitario contagiado y desbordado.
Pero los pacientes también jugamos nuestra parte, también tenemos una responsabilidad, puesto que somos el otro cincuenta por ciento del engranaje. Puede que seamos nosotros los que a menudo, no estamos a la altura y hacemos mal uso de un Estado del bienestar que es referente mundial. Yo misma me he criado viendo en la puerta de los ambulatorios todos los días una cola de viejecitos que iban al médico para "echar la mañana". Y qué me decís del desprecio que muchos demuestran hacia la comida de los hospitales, los enseres y la ropa de cama de los propios hospitales. A mí me indigna y avergüenza la actitud de mucha gente, cómo se dirigen al al sanitario o al administrativo de turno.
No sabemos lo que tenemos porque no nos hemos dado un paseo fuera de nuestras fronteras. Nuestro sistema de salud es un lujo, un modelo de progreso, de armonía y de solidaridad, y un ejemplo para muchos países, entre los que se encuentran poderosas potencias como EEUU, donde tan sólo los acaudalados pueden permitirse un seguro médico con una cobertura similar a la que tiene nuestro sistema de salud pública.
No nos olvidemos de marzo y abril. Nuestros sanitarios lograron revertir aquella curva terrible y siguen haciéndolo, nunca descansan, están cuando los necesitamos, son el sostén de nuestra sociedad, lo mejor que tenemos. Es hora de pasar del 'qué pueden hacer los demás por mí' al 'qué puedo hacer yo por los demás'. Seamos pacientes, amables, colaborativos. Puesto que el sistema sanitario también lo constituimos nosotros, hagamos buen uso de él. No ganamos nada con ir exigiendo, no lo paguemos con el personal, ellos demasiado tienen con lo que tienen.
Estemos a la altura, seamos agradecidos, vayamos siempre con una sonrisa y pensando en qué podemos aportar, cómo podemos facilitarles su labor o qué podemos hacer para molestar menos y aportar más. Nuestro sistema de salud es una orquesta maravillosa, un hermoso engranaje del que todos formamos parte. Hagamos de buen lubricante, cuidémoslo, mimémoslo, depende también de nosotros que funcione correctamente.
Una vez hecha nuestra parte, quejémonos y exijamos a nuestros gobiernos una economía de los cuidados a la altura de lo que la sanidad se merece, pues significaría que ya estaríamos preparados para vivir en un mundo con más consciencia y más humano.
EL BELÉN
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