—Abuela, ¿cuándo ponemos el Belén?
—Hasta después de la Inmaculada no se pone, es la tradición.
—¿Y eso qué es?
—Esa palabra que has dicho que termina en “ción”.
—¿La tradición? Pues que va a ser, las costumbres.
(…)
—Abuela, ¿dónde está el niño Jesús? No lo encuentro.
—Está guardado, todavía no se puede sacar, hija mía.
—¿Por qué? ¿Es que vamos a dejar la cunita vacía?
—Ah, ¿pero no lo sabes? Yo no sé qué te enseñan en el colegio. Mira, ven... El niño Jesús, que es el hijo de Dios, nació el 24 de diciembre por la noche. Por eso nosotros no ponemos el niño en la cunita hasta ese día, a las doce de la noche.
—Ah, y al día siguiente es cuando vienen los Reyes Magos.
—Exacto. ¡Muy bien, mi niña!
—¿Y por qué nació en un pobre pesebre sin puertas ni ventanas, si era el hijo de Dios?
—Pues porque venían de otra ciudad y no encontraron cobijo. María, que iba a lomos de un burro, se puso de parto y tuvieron que meterse en una cuadra, donde había un buey y una mula.
—¿Y había también gallinas?
—También, también... Pero ahora, déjame, que quiero ver el telediario.
(…)
—Ay, no sé a dónde vamos a ir a parar. “Mil menores migrantes no acompañados solicitando asilo”. Como si no tuviéramos suficiente. Luego nos quejamos de las listas de espera de los hospitales, de que no hay suficientes maestros en los colegios, que si los okupas... ¡Válgame Dios! Mil menores no acompañados, ni más ni menos. ¿Por qué no se los lleva el Sánchez a su casa? ¿A que no es capaz? Y esa que está con él, la Díaz, que los adopte ella. A ver si es capaz de meter en su casa si quiera a uno. Que Dios nos pille confesados -dice persignándose una y otra vez-, no sé a dónde vamos a ir a parar…